La celebración del Carnaval capitalino 2010 es la más accidentada de los últimos años. Sin presupuesto ni ruta, hasta la última hora, viene de tumbo en tumbo. Al final, se llevará a cabo, y abrirá la oportunidad de procurarse mejores días.
Como fiesta pagana y vulgar, vale poco; pero como fenómeno cultural, su valor potencial es enorme. Es en este punto donde debemos hacer énfasis. Desde hace más de 30 años el Carnaval se prostituyó. Se apoderaron de él los carros cisternas, la música estridente, el espectáculo vulgar, las tarimas subsidiadas por el erario público que promueven la holgazanería empresarial y alimenta a algunos avivatos, los puestos de venta de bebidas alcohólicas, y la desidia y el abandono que mató las iniciativas que daban paso al ingenio popular expresado en los disfraces y las comparsas. Todo se redujo a una mojadera sin sentido, disfrazada de “culecos”, y a la libación de alcohol, hasta la inconsciencia, que incita al desenfreno.
Las improvisaciones y otros actos sin sentido, lo han rematado hasta reducirlo al pobre espectáculo actual. Ya el rey Momo ni suena ni truena. Al morir Juan Alvarado Carbone, quien le dio vida al personaje por décadas, se acabó la mística. Otro personaje popular del Carnaval panameño, Domitila, una morena campesina que es figura tradicional, también la han zarandeado de acá para allá. En un tiempo la casaron con Tiburcio y, luego de unos años, volvió a salir sola. No sabemos si lo mandó a rodar, o enviudó. Después regresó el mentado Tiburcio, y volvió a desaparecer para siempre. Entretanto, Domitila pasó a ser personaje de tercera categoría. ¡Qué lejos están los tiempos en que algún hombre, ducho en el baile de la murga, la movía con alegría y le hacía menear sus trenzas, ganándose el aplauso de la multitud que presenciaba el desfile. Ni hablar de las comparsas, cuyos miembros, bien ataviados y luciendo un vestido diferente cada día, derrochaban alegría al compás de la batería de percusión que acompañaba sus cantos.
Ya el Carnaval no vale un real. Se perdió el ingenio, la gracia, el esmero. Salvo algún destello que relampaguea por la avenida, nada es digno de ver. Se camina entre las toldas de venta de chorizo, hamburguesa y gaseosa. Se perdió el Carnaval, y no existe justificación para lo que vemos hoy.
Todo eso tiene que acabarse, si queremos que el Carnaval valga la pena. Es necesario crear un estatuto de celebración de fiestas populares, que incluya otros momentos festivos, para promover la cultura y el turismo nacionales, y que promueva la participación de todas las edades en un ambiente sano y edificante. Algo que sea muy diferente al bodrio de la juerga carnavalera actual.
Es preciso separar bailes, desfiles, presentaciones artísticas, venta de bebidas y comidas, culecos, y otros espectáculos, para evitar mezclarlos y permitir a cada persona escoger el sitio o la actividad a la que quiera acudir. De esta manera se mantiene el orden público con mayor eficacia, y se garantiza el derecho de cada quien a estar en el lugar que le venga bien. Lo que hemos visto en las últimas décadas es un “tutti-frutti” de consumo forzoso, en el que se entremezclan borrachos, delincuentes, pervertidos e impertinentes, con gente que busca distraerse y divertirse sanamente, y que huye del pobre y denigrante ambiente que ve cada Carnaval.
A veces me pregunto cuándo comenzó esta degradación del Carnaval panameño. Esa imagen de mi niñez, con la abundancia de “serpentina y confetti”; de los niños acompañados de sus padres a ver el desfile, sin temor a una riña tumultuaria o una balacera; recuerdos de las reinas, las murgas, los disfraces salidos el humor y el ingenio popular; de las alegres comparsas con sus “colaos” al final de la delegación. Había orden y respeto. Los borrachos eran una plaga, que si se ponían impertinentes eran conducidos ante el corregidor. Nada de puestos de venta de “güaro”, ni obstáculos en las avenidas y las calles por varios días. Acabado el desfile, se limpiaba la vía y se restablecía la circulación y el tránsito.
Y que no me vengan a decir que era otro tiempo, porque el orden y el respeto que infunde la autoridad nada tiene que ver con el tiempo. Que me digan que antes había menos sinvergüenzura y ahora más, lo acepto, lo otro ¡no! Y esta es, precisamente, la diferencia que debemos establecer, si queremos un Carnaval digno de ver.
Blog dedicado a comentar y analizar temas de actualidad social, espiritualidad y humanidad.
jueves, 11 de febrero de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
Francisco de Sales, patrono de los periodistas
Los periodistas y escritores católicos tenemos como santo patrono a san Francisco de Sales, sacerdote y obispo que vivió entre 1567 y 1622. Hombre erudito, humilde, amable, austero, pero, sobre todo, hombre de fe.
Su celo por las cosas de Dios lo llevó a redactar unas hojas a mano, conocidas como “Controversias”, en las que exponía las verdades de la fe y refutaba las ideas calvinistas logrando convertir a los pobladores de Chablais. Todo con la amabilidad y la paciencia que le caracterizaban. Francisco de Sales tenía una forma muy particular de expresarse en sus escritos. Resumió esta labor a Juana de Chantal con esta frase: “Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas”.
Al tener como ejemplo de virtud a san Francisco de Sales, los periodistas católicos somos llamados a imitar su forma de comunicar, celosa en la búsqueda de la verdad, con amabilidad y amor en el lenguaje, pero con la firme convicción de propagar la fe con nuestros escritos.
Desde esa perspectiva de Francisco de Sales, resulta imposible no comunicar a Cristo ni al Magisterio de la Iglesia. Somos, en cierta medida, lo que comunicamos. Ello nos lleva a preguntarnos: ¿qué estamos comunicando hoy? Y es fácil apuntar hacia otros medios, porque usualmente nuestra mirada se dirige fuera de nosotros mismos. El asunto está en echar una mirada introspectiva, para saber qué comunico como periodista o escritor católico. Los otros hacen su trabajo, y es abundante. Pero el comunicador católico debe estar consciente que nuestra palabra es como el fermento o la sal, que no necesita saturar sino poner sabor a la gran masa de la comunicación actual.
Vivimos en un mundo que comunica a través de muchos medios. Que ha superado el concepto tradicional de los diarios, la radio y la televisión. Estamos inmersos en una sociedad donde los medios son masivos, y a la vez selectivos. Televisión por cable, con canales dedicados a una programación específica; televisión digital en la que se escoge el programa a voluntad; redes sociales abiertas o cerradas, que comunican ideas de interés común para los miembros. Es un mundo globalizado, que a la vez integra, en pequeñas comunidades virtuales, a tantas personas como temas e intereses las unan.
Si tuviéramos que redactar aquellas hojas de san Francisco de Sales, para llevarlas casa por casa, en un vecindario o pueblo, tendríamos que sumergirnos en estos “nuevos areópagos” que constituyen las redes sociales y los medios modernos. Ningún periodista o escritor católico debe marginarse de estas nuevas formas de comunicar, porque sería renunciar a nuestro compromiso de evangelizar y salar o fermentar un mundo de comunicaciones, que necesita a gritos de la iluminación de la fe cristiana.
En esta fiesta de nuestro santo patrono, san Francisco de Sales, el desafío está en redescubrir sus virtudes de comunicador de la verdad, y procurar el “aggiornamento” de aquello que adornó un día a este santo.
Su celo por las cosas de Dios lo llevó a redactar unas hojas a mano, conocidas como “Controversias”, en las que exponía las verdades de la fe y refutaba las ideas calvinistas logrando convertir a los pobladores de Chablais. Todo con la amabilidad y la paciencia que le caracterizaban. Francisco de Sales tenía una forma muy particular de expresarse en sus escritos. Resumió esta labor a Juana de Chantal con esta frase: “Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas”.
Al tener como ejemplo de virtud a san Francisco de Sales, los periodistas católicos somos llamados a imitar su forma de comunicar, celosa en la búsqueda de la verdad, con amabilidad y amor en el lenguaje, pero con la firme convicción de propagar la fe con nuestros escritos.
Desde esa perspectiva de Francisco de Sales, resulta imposible no comunicar a Cristo ni al Magisterio de la Iglesia. Somos, en cierta medida, lo que comunicamos. Ello nos lleva a preguntarnos: ¿qué estamos comunicando hoy? Y es fácil apuntar hacia otros medios, porque usualmente nuestra mirada se dirige fuera de nosotros mismos. El asunto está en echar una mirada introspectiva, para saber qué comunico como periodista o escritor católico. Los otros hacen su trabajo, y es abundante. Pero el comunicador católico debe estar consciente que nuestra palabra es como el fermento o la sal, que no necesita saturar sino poner sabor a la gran masa de la comunicación actual.
Vivimos en un mundo que comunica a través de muchos medios. Que ha superado el concepto tradicional de los diarios, la radio y la televisión. Estamos inmersos en una sociedad donde los medios son masivos, y a la vez selectivos. Televisión por cable, con canales dedicados a una programación específica; televisión digital en la que se escoge el programa a voluntad; redes sociales abiertas o cerradas, que comunican ideas de interés común para los miembros. Es un mundo globalizado, que a la vez integra, en pequeñas comunidades virtuales, a tantas personas como temas e intereses las unan.
Si tuviéramos que redactar aquellas hojas de san Francisco de Sales, para llevarlas casa por casa, en un vecindario o pueblo, tendríamos que sumergirnos en estos “nuevos areópagos” que constituyen las redes sociales y los medios modernos. Ningún periodista o escritor católico debe marginarse de estas nuevas formas de comunicar, porque sería renunciar a nuestro compromiso de evangelizar y salar o fermentar un mundo de comunicaciones, que necesita a gritos de la iluminación de la fe cristiana.
En esta fiesta de nuestro santo patrono, san Francisco de Sales, el desafío está en redescubrir sus virtudes de comunicador de la verdad, y procurar el “aggiornamento” de aquello que adornó un día a este santo.
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viernes, 8 de enero de 2010
¿Invasión o liberación?
El 9 de enero se cumplen 20 años de la Misa Campal que oficiara el entonces Arzobispo de Panamá, monseñor Marcos Gregorio McGrath, para conmemorar la Gesta del 9 de Enero de 1964 y por el sufragio de los muertos en la Invasión del 20 de diciembre de 1989.
Aquella mañana nos congregamos cientos de fieles en la Vía Ricardo J. Alfaro, cerca del centro comercial El Dorado, próximo a Fuerte Clayton, principal cuartel de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. A 20 días de la intervención norteamericana, con las tropas invasoras rondando por todas partes, le desaconsejaban al Arzobispo McGrath a realizar aquella concentración. Nos reunió a un grupo de sus colaboradores más cercanos, y nos comunicó su deseo de llevar adelante ese acto. La razón principal, y por la que, también, se aconsejaba no realizarlo, era que no podíamos pasar por alto el recuerdo del 9 de Enero. La mayoría, de forma abrumadora, decidimos acuerpar la intención del Arzobispo. Y así se hizo.
El pueblo católico fue convocado, y respondió masivamente, en medio de la ocupación militar extranjera. Se calculó, en aquel momento, que alrededor de 5,000 personas acudieron al llamado. En un ambiente que aún mostraba los efectos de la Invasión, particularmente el “Saqueo”, se celebró la Misa. A excepción de la feligresía católica, ninguna institución u organización asumió la responsabilidad patriótica e histórica de la conmemoración del 9 de Enero. Ni siquiera la combativa izquierda del país, que prefirió guardar distancia y no arriesgarse. Esos, que por años se habían tomado el 9 de Enero para sí, ahora lo pasaban por alto por mera conveniencia.
Durante su homilía, monseñor McGrath habló de los muertos, de la reconciliación y la reconstrucción del país, de la justicia y la democracia, y, por supuesto, del significado del 9 de Enero. En su conclusión, el Arzobispo McGrath aludió al recuerdo futuro, en nuestra historia, de la Invasión, como si fuera más una liberación, salvaguardando nuestra libertad y nuestra soberanía. La frase fue sacada de contexto por una agencia de noticias, y nunca fue corregida. Desde entonces, ha quedado la polémica entre Invasión o liberación. Hago constar que personalmente llevé el texto de la homilía a las agencias de noticia y a los medios de comunicación, una vez terminada la Misa Campal. Pedimos la corrección inmediata y, unos días después, la reiteramos. Fue infructuoso. A partir de allí, se opina y condena, según el cristal con que cada crítico mira.
Cito, para beneficio de los lectores, el párrafo completo de la parte de aquella homilía de 9 de enero de 1990: “Recordemos en este momento a los fallecidos durante los eventos de estos días: panameños, norteamericanos, civiles y militares. ¡Que descansen en paz! ¡Que su sacrificio no haya sido en vano! Que la presencia militar extranjera en nuestro suelo en estos momentos sea recordada por la historia más como una liberación; que en nada restrinja ni disminuya para el futuro todos los atributos propios de la libertad y soberanía de Panamá, en todo su territorio; y que dé lugar a la pacífica y justa relación entre Panamá y los Estados Unidos, en el consorcio de los demás pueblos del mundo y sobre todo de las Américas.”
Aquella mañana nos congregamos cientos de fieles en la Vía Ricardo J. Alfaro, cerca del centro comercial El Dorado, próximo a Fuerte Clayton, principal cuartel de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. A 20 días de la intervención norteamericana, con las tropas invasoras rondando por todas partes, le desaconsejaban al Arzobispo McGrath a realizar aquella concentración. Nos reunió a un grupo de sus colaboradores más cercanos, y nos comunicó su deseo de llevar adelante ese acto. La razón principal, y por la que, también, se aconsejaba no realizarlo, era que no podíamos pasar por alto el recuerdo del 9 de Enero. La mayoría, de forma abrumadora, decidimos acuerpar la intención del Arzobispo. Y así se hizo.
El pueblo católico fue convocado, y respondió masivamente, en medio de la ocupación militar extranjera. Se calculó, en aquel momento, que alrededor de 5,000 personas acudieron al llamado. En un ambiente que aún mostraba los efectos de la Invasión, particularmente el “Saqueo”, se celebró la Misa. A excepción de la feligresía católica, ninguna institución u organización asumió la responsabilidad patriótica e histórica de la conmemoración del 9 de Enero. Ni siquiera la combativa izquierda del país, que prefirió guardar distancia y no arriesgarse. Esos, que por años se habían tomado el 9 de Enero para sí, ahora lo pasaban por alto por mera conveniencia.
Durante su homilía, monseñor McGrath habló de los muertos, de la reconciliación y la reconstrucción del país, de la justicia y la democracia, y, por supuesto, del significado del 9 de Enero. En su conclusión, el Arzobispo McGrath aludió al recuerdo futuro, en nuestra historia, de la Invasión, como si fuera más una liberación, salvaguardando nuestra libertad y nuestra soberanía. La frase fue sacada de contexto por una agencia de noticias, y nunca fue corregida. Desde entonces, ha quedado la polémica entre Invasión o liberación. Hago constar que personalmente llevé el texto de la homilía a las agencias de noticia y a los medios de comunicación, una vez terminada la Misa Campal. Pedimos la corrección inmediata y, unos días después, la reiteramos. Fue infructuoso. A partir de allí, se opina y condena, según el cristal con que cada crítico mira.
Cito, para beneficio de los lectores, el párrafo completo de la parte de aquella homilía de 9 de enero de 1990: “Recordemos en este momento a los fallecidos durante los eventos de estos días: panameños, norteamericanos, civiles y militares. ¡Que descansen en paz! ¡Que su sacrificio no haya sido en vano! Que la presencia militar extranjera en nuestro suelo en estos momentos sea recordada por la historia más como una liberación; que en nada restrinja ni disminuya para el futuro todos los atributos propios de la libertad y soberanía de Panamá, en todo su territorio; y que dé lugar a la pacífica y justa relación entre Panamá y los Estados Unidos, en el consorcio de los demás pueblos del mundo y sobre todo de las Américas.”
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viernes, 20 de noviembre de 2009
La Caja de Seguro Social y sus beneficiarios
La pesada carga que tiene la Caja de Seguro Social con los beneficiarios, que supera en número a los cotizantes, debe ser aliviada con urgencia. Más que dejarlos sin cobertura, debemos ofrecerle una opción que reemplace, parcial o totalmente, los servicios que brinda el Seguro.
Desde mi punto de vista como cotizante y usuario, el fenómeno de la cobertura total a los beneficiarios ocurre porque no existe alternativa frente a la oferta actual. Si tuviéramos que pagar la atención médica privada por nuestros dependientes, sería impagable para muchos de nosotros, y veríamos agravarse la enfermedad de nuestros seres queridos, o, peor aún, su muerte.
Quitarle el derecho de atención de salud a los beneficiarios de la Caja supone, en parte, una planificación que desarrolle un programa a largo plazo. Primero tendríamos que definir si la eliminación de la cobertura será total, o parcial. Luego habría que establecer a cual institución de salud le correspondería brindar esa atención. Después, cómo se daría esa transición en tiempo y espacio. Por último, quién asumiría el costo. El estado, el paciente, un plan de seguro médico público, o ambas partes, proporcionalmente.
En lo personal me inclino por una cobertura del Seguro Social sólo para los cónyuges, y los hijos menores de 19 años, siempre y cuando estén bajo la dependencia y autoridad de sus padres, que cubra medicinas, laboratorios, tratamientos y especialidades médicas. La atención primaria quedaría excluida. Esta deberá proveerse fuera del Seguro, y funcionaría como una especie de deducible. La atención de salud para quienes quedan sin cobertura, deberá ser provista por el sistema de salud público.
A mi modo de ver, el sistema de salud público ha descargado, por años, parte de su responsabilidad en el Seguro Social, lo que ha provocado que la Caja asuma lo propio y lo ajeno, mermando sus recursos y congestionándola de pacientes, al punto que la capacidad de atención sea superada por la demanda de los usuarios. Por eso es necesario que, en cualquier plan de recorte de cobertura a los beneficiarios, se incluya, como paso previo, la ampliación de los servicios e instalaciones de los centros de salud, y la construcción de varios hospitales de tercer nivel y de suficientes hospitales generales.
Toda solución para el exceso de cobertura de la Caja de Seguro Social debe pasar, también, por la revisión del sistema de salud nacional. Ver al Seguro como un hecho aislado es inconveniente, porque el problema de fondo quedará sin solución: la atención de salud eficaz, eficiente, y accesible, en todos sus aspectos, para la población del país.
Desde mi punto de vista como cotizante y usuario, el fenómeno de la cobertura total a los beneficiarios ocurre porque no existe alternativa frente a la oferta actual. Si tuviéramos que pagar la atención médica privada por nuestros dependientes, sería impagable para muchos de nosotros, y veríamos agravarse la enfermedad de nuestros seres queridos, o, peor aún, su muerte.
Quitarle el derecho de atención de salud a los beneficiarios de la Caja supone, en parte, una planificación que desarrolle un programa a largo plazo. Primero tendríamos que definir si la eliminación de la cobertura será total, o parcial. Luego habría que establecer a cual institución de salud le correspondería brindar esa atención. Después, cómo se daría esa transición en tiempo y espacio. Por último, quién asumiría el costo. El estado, el paciente, un plan de seguro médico público, o ambas partes, proporcionalmente.
En lo personal me inclino por una cobertura del Seguro Social sólo para los cónyuges, y los hijos menores de 19 años, siempre y cuando estén bajo la dependencia y autoridad de sus padres, que cubra medicinas, laboratorios, tratamientos y especialidades médicas. La atención primaria quedaría excluida. Esta deberá proveerse fuera del Seguro, y funcionaría como una especie de deducible. La atención de salud para quienes quedan sin cobertura, deberá ser provista por el sistema de salud público.
A mi modo de ver, el sistema de salud público ha descargado, por años, parte de su responsabilidad en el Seguro Social, lo que ha provocado que la Caja asuma lo propio y lo ajeno, mermando sus recursos y congestionándola de pacientes, al punto que la capacidad de atención sea superada por la demanda de los usuarios. Por eso es necesario que, en cualquier plan de recorte de cobertura a los beneficiarios, se incluya, como paso previo, la ampliación de los servicios e instalaciones de los centros de salud, y la construcción de varios hospitales de tercer nivel y de suficientes hospitales generales.
Toda solución para el exceso de cobertura de la Caja de Seguro Social debe pasar, también, por la revisión del sistema de salud nacional. Ver al Seguro como un hecho aislado es inconveniente, porque el problema de fondo quedará sin solución: la atención de salud eficaz, eficiente, y accesible, en todos sus aspectos, para la población del país.
viernes, 30 de octubre de 2009
La inteligencia del primer mundo
A menudo escucho decir que quieren llevarnos al primer mundo, y que, para eso, se instalan semáforos inteligentes, lo cual supone que estamos en un mundo inferior, viviendo entre estructuras y edificios sin inteligencia o, lo que es peor, brutos.
Dar el salto al primer mundo, a ese mundo que nos pintan como idílico, requiere una mentalidad colectiva de primer mundo. Usar equipos y artefactos inteligentes o instalarlos en edificios y áreas públicas, igual reclama del usuario una actitud inteligente. ¿De qué nos sirven los planes del primer mundo, o, por ejemplo: semáforos inteligentes, si nuestra actitud dista mucho de ser la del primer mundo o la de una inteligencia superior? Es como darle un libro a un analfabeta, o caminar a media noche por un paraje peligroso, porque suponemos que toda persona tiene derecho a transitar libremente y a que le sea respetada su integridad física. Ni el analfabeta podrá sacar provecho de la lectura, si no le enseñan a leer, ni el ladrón dejará de robar si continúa siendo ladrón.
El cuento político de saltarnos al primer mundo, sin hacer cambiar la mentalidad de cuarto, quinto, o sexto mundo que tenemos, no pasará de utopía o fábula. Allí están los semáforos, que pronto entrarán a funcionar, para que conduzcamos de forma segura y expedita por nuestras calles y avenidas. Si esos semáforos, que dicen son inteligentes, no son respetados por los conductores que actúan como brutos, no servirán de nada.
Los semáforos actuales, aunque tarados o sin inteligencia, sabemos muy bien que, aún en su estupidez, señalan el alto con la luz roja, y que la luz verde es para el auto que transita por el otro lado de la vía. ¿Qué cosa diferente haría otro semáforo que se dice inteligente? Ninguna, en mi opinión. Lo distinto está en que el nuevo semáforo nos dará la señal verde en secuencia, según la cantidad de tráfico, y roja cuando sea el caso. Hasta aquí vamos bien, pero, y está comprobado, el bruto, que en este caso es el conductor irresponsable y no el aparato de señales de tráfico, bloqueará la vía igual que hace con el semáforo sin inteligencia, y provocará el mismo tranque que ya es cosa común entre nosotros.
Para saltar al primer mundo necesitamos actitud y educación de primer mundo, para provocar mentalidad de primer mundo. Educación cívica, instrucción escolar, ejercicio de la intelectualidad, urbanidad, valores, moral, y cultura. Sin este cambio, el salto es insuficiente para superar la barrera que nos separa de ese mundo primo.
Llenarnos podremos de tecnología, edificios y semáforos inteligentes, bienes y servicios de primer mundo, pero serán como un libro para un analfabeta, o una ocasión de robar para un ladrón. Inteligencia y mentalidad de primer mundo son prerrequisitos para dar el salto hacia allá. Y no lo haremos, mientras sea la brutalidad la que impere como principal rasgo cultural del común de los panameños.
Dar el salto al primer mundo, a ese mundo que nos pintan como idílico, requiere una mentalidad colectiva de primer mundo. Usar equipos y artefactos inteligentes o instalarlos en edificios y áreas públicas, igual reclama del usuario una actitud inteligente. ¿De qué nos sirven los planes del primer mundo, o, por ejemplo: semáforos inteligentes, si nuestra actitud dista mucho de ser la del primer mundo o la de una inteligencia superior? Es como darle un libro a un analfabeta, o caminar a media noche por un paraje peligroso, porque suponemos que toda persona tiene derecho a transitar libremente y a que le sea respetada su integridad física. Ni el analfabeta podrá sacar provecho de la lectura, si no le enseñan a leer, ni el ladrón dejará de robar si continúa siendo ladrón.
El cuento político de saltarnos al primer mundo, sin hacer cambiar la mentalidad de cuarto, quinto, o sexto mundo que tenemos, no pasará de utopía o fábula. Allí están los semáforos, que pronto entrarán a funcionar, para que conduzcamos de forma segura y expedita por nuestras calles y avenidas. Si esos semáforos, que dicen son inteligentes, no son respetados por los conductores que actúan como brutos, no servirán de nada.
Los semáforos actuales, aunque tarados o sin inteligencia, sabemos muy bien que, aún en su estupidez, señalan el alto con la luz roja, y que la luz verde es para el auto que transita por el otro lado de la vía. ¿Qué cosa diferente haría otro semáforo que se dice inteligente? Ninguna, en mi opinión. Lo distinto está en que el nuevo semáforo nos dará la señal verde en secuencia, según la cantidad de tráfico, y roja cuando sea el caso. Hasta aquí vamos bien, pero, y está comprobado, el bruto, que en este caso es el conductor irresponsable y no el aparato de señales de tráfico, bloqueará la vía igual que hace con el semáforo sin inteligencia, y provocará el mismo tranque que ya es cosa común entre nosotros.
Para saltar al primer mundo necesitamos actitud y educación de primer mundo, para provocar mentalidad de primer mundo. Educación cívica, instrucción escolar, ejercicio de la intelectualidad, urbanidad, valores, moral, y cultura. Sin este cambio, el salto es insuficiente para superar la barrera que nos separa de ese mundo primo.
Llenarnos podremos de tecnología, edificios y semáforos inteligentes, bienes y servicios de primer mundo, pero serán como un libro para un analfabeta, o una ocasión de robar para un ladrón. Inteligencia y mentalidad de primer mundo son prerrequisitos para dar el salto hacia allá. Y no lo haremos, mientras sea la brutalidad la que impere como principal rasgo cultural del común de los panameños.
viernes, 16 de octubre de 2009
Argentina ya no es la misma
Maradona es uno de los jugadores de fútbol más grandes de todos los tiempos, pero resulta un fiasco como director de la selección. Aún con importantes figuras del fútbol mundial, lleva al descalabro la selección de su país.
Realmente Argentina no se merece el bochorno que está pasando, porque es un equipo con muchos seguidores, y una de las esperanzas de llegar a la final de la Copa Mundial, junto con Brasil. Jugarse la clasificación con Diego Armando Maradona al frente, sólo por haber sido un gran jugador, y el mejor en su momento, no es mérito suficiente. Las eliminatorias y el campeonato mundial mismo obliga a conjugar el conocimiento y la habilidad de los jugadores, con la experiencia, el saber y la estrategia del seleccionador o técnico de las selecciones nacionales. Argentina tiene excelentes jugadores, pero no se puede decir lo mismo del actual timonel. Clasificó agónicamente de manera directa, pero está muy lejos de lo grande que ha sido y de todo lo que puede dar. Ya clasificada, la selección debe replantearse la permanencia de su actual técnico.
No traigo a menos a Maradona, pero, tampoco, me animo a ser maradoniano ni a pasar por ciego ante lo que veo. Dentro de la cancha reconozco sus méritos, aunque no lo considero el más grande; fuera de ella, es un desastre. Sólo veamos su trayectoria comparada con otros tres grandes: Pelé, Beckenbauer, y Platini. Todos grandes, Maradona entre ellos, pero los otros le superan fuera del campo, en respeto, logros, y actitud de vida personal. De los cuatro, Franz Beckenbauer fue el único que tuvo una exitosa carrera como técnico alcanzando, incluso, el campeonato mundial de fútbol con la selección de su país, precisamente, ante Argentina, en 1990. Los otros dos optaron por rechazar la dirección de sus selecciones nacionales, porque conocían sus limitaciones, y prefirieron seguir vinculados al fútbol mundial de otra manera. Aunque Platini lo intentó por poco tiempo en 1988.
Yo sé que mencionar el fracaso de Maradona como técnico es tema delicado, porque toca sentimientos profundos entre sus seguidores, pero la realidad está a la vista. Con Maradona, Argentina tropieza y no da seguridad. Lástima, porque Messi, Higuaín, Gago, Heinze, y otras grandes figuras de ese país se merecen más de lo que reciben actualmente. Los jugadores son buenos y están a la altura, su técnico no.
Maradona como jugador fue bueno, y hasta allí debemos dejarlo. No resultó como técnico en el equipo de segunda que dirigió en Argentina. No resulta bueno con la absoluta. Su ego parecer ser opuestamente proporcional a su estatura, y busca culpar a otros de sus errores e incapacidad, por lo que le resulta difícil dejar el cargo. Respondió a una crítica de Pelé diciendo que él había jugado en Europa y el otro no. Respuesta simplona, sin duda. Además de sus méritos, le fue fácil seguir jugando en Europa porque se hizo español. Antes de responder con esa tontería, al menos debe recordar que en los tiempos de Pelé poco aceptaban a los jugadores extranjeros. Sin embargo, los títulos de Pelé con su equipo brasileño son dignos de reconocer, incluidas las copas intercontinentales. Es un triunfo latinoamericano, como lo han sido los 5 campeonatos brasileños, y los dos de Uruguay y Argentina. Otra respuesta más apropiada habría sido mejor.
Sólo a modo de referencia estadística, Pelé jugó 1366 partidos en su carrera, y marcó 1282 goles, para un promedio de 0.94. Maradona, en partidos y goles, llega a la mitad de “O Rei”. En Europa, el promedio de goles de Maradona rondó 0.50, salvo en el Barcelona en 1982-1984 que fue un poco mejor: 0.65 y en Argentina de 0.69. Nunca superó el 70% como goleador. Decir más, sobra.
Realmente Argentina no se merece el bochorno que está pasando, porque es un equipo con muchos seguidores, y una de las esperanzas de llegar a la final de la Copa Mundial, junto con Brasil. Jugarse la clasificación con Diego Armando Maradona al frente, sólo por haber sido un gran jugador, y el mejor en su momento, no es mérito suficiente. Las eliminatorias y el campeonato mundial mismo obliga a conjugar el conocimiento y la habilidad de los jugadores, con la experiencia, el saber y la estrategia del seleccionador o técnico de las selecciones nacionales. Argentina tiene excelentes jugadores, pero no se puede decir lo mismo del actual timonel. Clasificó agónicamente de manera directa, pero está muy lejos de lo grande que ha sido y de todo lo que puede dar. Ya clasificada, la selección debe replantearse la permanencia de su actual técnico.
No traigo a menos a Maradona, pero, tampoco, me animo a ser maradoniano ni a pasar por ciego ante lo que veo. Dentro de la cancha reconozco sus méritos, aunque no lo considero el más grande; fuera de ella, es un desastre. Sólo veamos su trayectoria comparada con otros tres grandes: Pelé, Beckenbauer, y Platini. Todos grandes, Maradona entre ellos, pero los otros le superan fuera del campo, en respeto, logros, y actitud de vida personal. De los cuatro, Franz Beckenbauer fue el único que tuvo una exitosa carrera como técnico alcanzando, incluso, el campeonato mundial de fútbol con la selección de su país, precisamente, ante Argentina, en 1990. Los otros dos optaron por rechazar la dirección de sus selecciones nacionales, porque conocían sus limitaciones, y prefirieron seguir vinculados al fútbol mundial de otra manera. Aunque Platini lo intentó por poco tiempo en 1988.
Yo sé que mencionar el fracaso de Maradona como técnico es tema delicado, porque toca sentimientos profundos entre sus seguidores, pero la realidad está a la vista. Con Maradona, Argentina tropieza y no da seguridad. Lástima, porque Messi, Higuaín, Gago, Heinze, y otras grandes figuras de ese país se merecen más de lo que reciben actualmente. Los jugadores son buenos y están a la altura, su técnico no.
Maradona como jugador fue bueno, y hasta allí debemos dejarlo. No resultó como técnico en el equipo de segunda que dirigió en Argentina. No resulta bueno con la absoluta. Su ego parecer ser opuestamente proporcional a su estatura, y busca culpar a otros de sus errores e incapacidad, por lo que le resulta difícil dejar el cargo. Respondió a una crítica de Pelé diciendo que él había jugado en Europa y el otro no. Respuesta simplona, sin duda. Además de sus méritos, le fue fácil seguir jugando en Europa porque se hizo español. Antes de responder con esa tontería, al menos debe recordar que en los tiempos de Pelé poco aceptaban a los jugadores extranjeros. Sin embargo, los títulos de Pelé con su equipo brasileño son dignos de reconocer, incluidas las copas intercontinentales. Es un triunfo latinoamericano, como lo han sido los 5 campeonatos brasileños, y los dos de Uruguay y Argentina. Otra respuesta más apropiada habría sido mejor.
Sólo a modo de referencia estadística, Pelé jugó 1366 partidos en su carrera, y marcó 1282 goles, para un promedio de 0.94. Maradona, en partidos y goles, llega a la mitad de “O Rei”. En Europa, el promedio de goles de Maradona rondó 0.50, salvo en el Barcelona en 1982-1984 que fue un poco mejor: 0.65 y en Argentina de 0.69. Nunca superó el 70% como goleador. Decir más, sobra.
viernes, 9 de octubre de 2009
Conservar la auténtica Navidad
El rescate de la celebración de la auténtica Navidad es la meta que se propone la recién creada Asociación de Belenistas. Desde el empedrado salón parroquial de San José, un anciano fraile, con ánimo juvenil, impulsa con fuerza esa iniciativa.
Veinticuatro cristianos firmaron el acta de fundación, la víspera de la fiesta del creador del Nacimiento o Pesebre, san Francisco de Asís, movidos por el ferviente deseo de celebrar y promover los inmensos valores del acontecimiento ocurrido en Belén de Judá, y que revolucionó al mundo con el alumbramiento del Niño Jesús. Valores que en la actualidad son trastocados, por el afán de lucro y la secularización de la fiesta navideña, por parte de quienes sólo ven el mercantilismo, y por los que se dejan arrastrar por la corriente mundana que niega a Dios y antepone el falso bienestar de la humanidad, basándolo exclusivamente en el beneficio material.
La degradación de los valores de la Navidad empieza por la suplantación de los signos cristianos. Figuras creadas por la imaginación como Santa Claus, los duendes, renos voladores, enanos, muñecos de nieve, y otras, se propagan, a fuerza de publicidad, como símbolos válidos, empujando a olvidarse de lo esencial: el pesebre, los pastores, los magos sobre sus camellos, el ángel, María y José, y el protagonista central: Jesús niño.
Para rescatar el verdadero sentido de la Navidad, nos corresponde a los cristianos hacer dos cosas importantes: aprender la realidad del Misterio de Belén, y enseñarla a las personas que nos rodean. Si alguno desea contibuir, sinceramente, con este esfuerzo, puede comenzar por eliminar todo símbolo espúreo o falso de la decoración navideña de su hogar, y resaltar los auténticamente cristianos. Es un buen comienzo. De igual manera, en las tarjetas de felicitación que envíe y reciba, debe proponerse que el mensaje y los signos sean los correctos. Nada de “Felices Fiestas”, cuando debe decir “Feliz Navidad”. Si la tarjeta que le ofrecen no lo dice así, busque otra, y si la que recibe no lo expresa de esa manera, llame a quien se la envió y pídale, que para la próxima ocasión, le dé la que corresponde, explicándole con amabilidad el porqué le pide esto.
Desde hace algunos años se impulsa la descristianización de la Navidad, quitando de las felicitaciones la palabra “Navidad”, reemplazándola por fiestas. Cosa absurda. ¿Se atreverían a cambiar el Ramadán por otra palabra, o el Pesaj judío por otro vocablo? ¿Por qué quieren hacerlo con la Navidad? ¿Acaso el sentido de la Navidad no es recordar el nacimiento de Cristo?
Con la Asociación de Belenistas esperamos revertir tales aberraciones y distorsiones hacia la Natividad, la fiesta del nacimiento del Hijo de Dios, Cristo Jesús, a través de la exaltación del Misterio de Belén, manifestado en el humilde pesebre que sirvió de cobijo al Salvador del Mundo y a la Familia de Nazaret.
Veinticuatro cristianos firmaron el acta de fundación, la víspera de la fiesta del creador del Nacimiento o Pesebre, san Francisco de Asís, movidos por el ferviente deseo de celebrar y promover los inmensos valores del acontecimiento ocurrido en Belén de Judá, y que revolucionó al mundo con el alumbramiento del Niño Jesús. Valores que en la actualidad son trastocados, por el afán de lucro y la secularización de la fiesta navideña, por parte de quienes sólo ven el mercantilismo, y por los que se dejan arrastrar por la corriente mundana que niega a Dios y antepone el falso bienestar de la humanidad, basándolo exclusivamente en el beneficio material.
La degradación de los valores de la Navidad empieza por la suplantación de los signos cristianos. Figuras creadas por la imaginación como Santa Claus, los duendes, renos voladores, enanos, muñecos de nieve, y otras, se propagan, a fuerza de publicidad, como símbolos válidos, empujando a olvidarse de lo esencial: el pesebre, los pastores, los magos sobre sus camellos, el ángel, María y José, y el protagonista central: Jesús niño.
Para rescatar el verdadero sentido de la Navidad, nos corresponde a los cristianos hacer dos cosas importantes: aprender la realidad del Misterio de Belén, y enseñarla a las personas que nos rodean. Si alguno desea contibuir, sinceramente, con este esfuerzo, puede comenzar por eliminar todo símbolo espúreo o falso de la decoración navideña de su hogar, y resaltar los auténticamente cristianos. Es un buen comienzo. De igual manera, en las tarjetas de felicitación que envíe y reciba, debe proponerse que el mensaje y los signos sean los correctos. Nada de “Felices Fiestas”, cuando debe decir “Feliz Navidad”. Si la tarjeta que le ofrecen no lo dice así, busque otra, y si la que recibe no lo expresa de esa manera, llame a quien se la envió y pídale, que para la próxima ocasión, le dé la que corresponde, explicándole con amabilidad el porqué le pide esto.
Desde hace algunos años se impulsa la descristianización de la Navidad, quitando de las felicitaciones la palabra “Navidad”, reemplazándola por fiestas. Cosa absurda. ¿Se atreverían a cambiar el Ramadán por otra palabra, o el Pesaj judío por otro vocablo? ¿Por qué quieren hacerlo con la Navidad? ¿Acaso el sentido de la Navidad no es recordar el nacimiento de Cristo?
Con la Asociación de Belenistas esperamos revertir tales aberraciones y distorsiones hacia la Natividad, la fiesta del nacimiento del Hijo de Dios, Cristo Jesús, a través de la exaltación del Misterio de Belén, manifestado en el humilde pesebre que sirvió de cobijo al Salvador del Mundo y a la Familia de Nazaret.
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