Una de las enseñanzas de Jesús nos dice que donde esté nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón. Aquello a lo que damos más valor, es nuestro tesoro, que puede ser el afecto, algún anhelo o recuerdo, o algún bien.
Muchas veces no le damos importancia a este hecho, porque consideramos que no hacemos nada malo. Dios, efectivamente, nos colma de bienes, pero están subordinados al amor a Dios y, aún, a nosotros mismos. Ningún tesoro está por encima de Dios, ni debe estar por encima de nosotros mismos. Anteponer esos “tesoros” a Dios y a nosotros, sólo nos traerá esclavitud y pesares.
La muestra en estos días es la celebración pascual, que es la mayor fiesta del cristiano. Acudimos el Jueves Santo a recorrer los 7 templos, a la liturgia del Lavatorio de los Pies, a la Adoración del Santísimo. Lo mismo hacemos el Viernes Santo: el Rito de la Cruz, el ayuno, la abstinencia, la procesión. A la Vigilia, ya son menos los concurrentes. Que si es de noche, que el peligro de andar por la calle, que el cansancio de los dos días anteriores, y otras excusas. Ya se apaga el fuego de la devoción. Y el Domingo de Pascua, otro tanto. La playa, la diversión, la vuelta a la normalidad, después de varios días de sequía y aflicción.
¿Por qué el desinterés? Buscar causas sería algo de nunca acabar. Quizá, y sólo quizá, no hacemos lo suficiente para que la Pascua se sienta como una fiesta. El ambiente festivo se siente poco entre los cristianos, porque proyectamos una imagen de una misa más. ¿Dónde están las invitaciones? ¿Dónde esa sensación de fiesta en el templo y sus alrededores? ¿Dónde ese algo de más, que diferencie el Domingo de Resurrección de los domingos ordinarios del año? Si no ven que estamos de fiesta, los demás difícilmente lo percibirán.
Cada uno de los cristianos tenemos el deber de transmitir esa imagen de celebración, de regocijo. Algún signo en nuestros hogares, que le diga al resto de las personas que Cristo resucitó. Una imagen, un letrero, vestirse elegante, invitar a comer a los amigos, a la familia. Organizar un ágape con los vecinos, o entregarle alguna hojita con una lectura breve sobre la fiesta que celebramos. Cosas sencillas, pero que den testimonio que estamos alegres en el Señor.
De nosotros depende que se sienta que celebramos. Así como el vecindario se entera cuando hacemos una fiesta en casa, o si vamos a salir a alguna celebración de bodas o 15 años, de igual forma, proporciones guardadas, debe enterarse que celebramos la Resurrección del Señor, sin escándalo, pero con signos visibles. Empecemos a hacerlo este año, y el esfuerzo rendirá sus frutos.
Blog dedicado a comentar y analizar temas de actualidad social, espiritualidad y humanidad.
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miércoles, 31 de marzo de 2010
jueves, 21 de enero de 2010
Francisco de Sales, patrono de los periodistas
Los periodistas y escritores católicos tenemos como santo patrono a san Francisco de Sales, sacerdote y obispo que vivió entre 1567 y 1622. Hombre erudito, humilde, amable, austero, pero, sobre todo, hombre de fe.
Su celo por las cosas de Dios lo llevó a redactar unas hojas a mano, conocidas como “Controversias”, en las que exponía las verdades de la fe y refutaba las ideas calvinistas logrando convertir a los pobladores de Chablais. Todo con la amabilidad y la paciencia que le caracterizaban. Francisco de Sales tenía una forma muy particular de expresarse en sus escritos. Resumió esta labor a Juana de Chantal con esta frase: “Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas”.
Al tener como ejemplo de virtud a san Francisco de Sales, los periodistas católicos somos llamados a imitar su forma de comunicar, celosa en la búsqueda de la verdad, con amabilidad y amor en el lenguaje, pero con la firme convicción de propagar la fe con nuestros escritos.
Desde esa perspectiva de Francisco de Sales, resulta imposible no comunicar a Cristo ni al Magisterio de la Iglesia. Somos, en cierta medida, lo que comunicamos. Ello nos lleva a preguntarnos: ¿qué estamos comunicando hoy? Y es fácil apuntar hacia otros medios, porque usualmente nuestra mirada se dirige fuera de nosotros mismos. El asunto está en echar una mirada introspectiva, para saber qué comunico como periodista o escritor católico. Los otros hacen su trabajo, y es abundante. Pero el comunicador católico debe estar consciente que nuestra palabra es como el fermento o la sal, que no necesita saturar sino poner sabor a la gran masa de la comunicación actual.
Vivimos en un mundo que comunica a través de muchos medios. Que ha superado el concepto tradicional de los diarios, la radio y la televisión. Estamos inmersos en una sociedad donde los medios son masivos, y a la vez selectivos. Televisión por cable, con canales dedicados a una programación específica; televisión digital en la que se escoge el programa a voluntad; redes sociales abiertas o cerradas, que comunican ideas de interés común para los miembros. Es un mundo globalizado, que a la vez integra, en pequeñas comunidades virtuales, a tantas personas como temas e intereses las unan.
Si tuviéramos que redactar aquellas hojas de san Francisco de Sales, para llevarlas casa por casa, en un vecindario o pueblo, tendríamos que sumergirnos en estos “nuevos areópagos” que constituyen las redes sociales y los medios modernos. Ningún periodista o escritor católico debe marginarse de estas nuevas formas de comunicar, porque sería renunciar a nuestro compromiso de evangelizar y salar o fermentar un mundo de comunicaciones, que necesita a gritos de la iluminación de la fe cristiana.
En esta fiesta de nuestro santo patrono, san Francisco de Sales, el desafío está en redescubrir sus virtudes de comunicador de la verdad, y procurar el “aggiornamento” de aquello que adornó un día a este santo.
Su celo por las cosas de Dios lo llevó a redactar unas hojas a mano, conocidas como “Controversias”, en las que exponía las verdades de la fe y refutaba las ideas calvinistas logrando convertir a los pobladores de Chablais. Todo con la amabilidad y la paciencia que le caracterizaban. Francisco de Sales tenía una forma muy particular de expresarse en sus escritos. Resumió esta labor a Juana de Chantal con esta frase: “Yo he repetido con frecuencia que la mejor manera de predicar a los herejes es el amor, aún sin decir una sola palabra de refutación contra sus doctrinas”.
Al tener como ejemplo de virtud a san Francisco de Sales, los periodistas católicos somos llamados a imitar su forma de comunicar, celosa en la búsqueda de la verdad, con amabilidad y amor en el lenguaje, pero con la firme convicción de propagar la fe con nuestros escritos.
Desde esa perspectiva de Francisco de Sales, resulta imposible no comunicar a Cristo ni al Magisterio de la Iglesia. Somos, en cierta medida, lo que comunicamos. Ello nos lleva a preguntarnos: ¿qué estamos comunicando hoy? Y es fácil apuntar hacia otros medios, porque usualmente nuestra mirada se dirige fuera de nosotros mismos. El asunto está en echar una mirada introspectiva, para saber qué comunico como periodista o escritor católico. Los otros hacen su trabajo, y es abundante. Pero el comunicador católico debe estar consciente que nuestra palabra es como el fermento o la sal, que no necesita saturar sino poner sabor a la gran masa de la comunicación actual.
Vivimos en un mundo que comunica a través de muchos medios. Que ha superado el concepto tradicional de los diarios, la radio y la televisión. Estamos inmersos en una sociedad donde los medios son masivos, y a la vez selectivos. Televisión por cable, con canales dedicados a una programación específica; televisión digital en la que se escoge el programa a voluntad; redes sociales abiertas o cerradas, que comunican ideas de interés común para los miembros. Es un mundo globalizado, que a la vez integra, en pequeñas comunidades virtuales, a tantas personas como temas e intereses las unan.
Si tuviéramos que redactar aquellas hojas de san Francisco de Sales, para llevarlas casa por casa, en un vecindario o pueblo, tendríamos que sumergirnos en estos “nuevos areópagos” que constituyen las redes sociales y los medios modernos. Ningún periodista o escritor católico debe marginarse de estas nuevas formas de comunicar, porque sería renunciar a nuestro compromiso de evangelizar y salar o fermentar un mundo de comunicaciones, que necesita a gritos de la iluminación de la fe cristiana.
En esta fiesta de nuestro santo patrono, san Francisco de Sales, el desafío está en redescubrir sus virtudes de comunicador de la verdad, y procurar el “aggiornamento” de aquello que adornó un día a este santo.
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