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viernes, 9 de octubre de 2009

Conservar la auténtica Navidad

El rescate de la celebración de la auténtica Navidad es la meta que se propone la recién creada Asociación de Belenistas. Desde el empedrado salón parroquial de San José, un anciano fraile, con ánimo juvenil, impulsa con fuerza esa iniciativa.

Veinticuatro cristianos firmaron el acta de fundación, la víspera de la fiesta del creador del Nacimiento o Pesebre, san Francisco de Asís, movidos por el ferviente deseo de celebrar y promover los inmensos valores del acontecimiento ocurrido en Belén de Judá, y que revolucionó al mundo con el alumbramiento del Niño Jesús. Valores que en la actualidad son trastocados, por el afán de lucro y la secularización de la fiesta navideña, por parte de quienes sólo ven el mercantilismo, y por los que se dejan arrastrar por la corriente mundana que niega a Dios y antepone el falso bienestar de la humanidad, basándolo exclusivamente en el beneficio material.

La degradación de los valores de la Navidad empieza por la suplantación de los signos cristianos. Figuras creadas por la imaginación como Santa Claus, los duendes, renos voladores, enanos, muñecos de nieve, y otras, se propagan, a fuerza de publicidad, como símbolos válidos, empujando a olvidarse de lo esencial: el pesebre, los pastores, los magos sobre sus camellos, el ángel, María y José, y el protagonista central: Jesús niño.

Para rescatar el verdadero sentido de la Navidad, nos corresponde a los cristianos hacer dos cosas importantes: aprender la realidad del Misterio de Belén, y enseñarla a las personas que nos rodean. Si alguno desea contibuir, sinceramente, con este esfuerzo, puede comenzar por eliminar todo símbolo espúreo o falso de la decoración navideña de su hogar, y resaltar los auténticamente cristianos. Es un buen comienzo. De igual manera, en las tarjetas de felicitación que envíe y reciba, debe proponerse que el mensaje y los signos sean los correctos. Nada de “Felices Fiestas”, cuando debe decir “Feliz Navidad”. Si la tarjeta que le ofrecen no lo dice así, busque otra, y si la que recibe no lo expresa de esa manera, llame a quien se la envió y pídale, que para la próxima ocasión, le dé la que corresponde, explicándole con amabilidad el porqué le pide esto.

Desde hace algunos años se impulsa la descristianización de la Navidad, quitando de las felicitaciones la palabra “Navidad”, reemplazándola por fiestas. Cosa absurda. ¿Se atreverían a cambiar el Ramadán por otra palabra, o el Pesaj judío por otro vocablo? ¿Por qué quieren hacerlo con la Navidad? ¿Acaso el sentido de la Navidad no es recordar el nacimiento de Cristo?

Con la Asociación de Belenistas esperamos revertir tales aberraciones y distorsiones hacia la Natividad, la fiesta del nacimiento del Hijo de Dios, Cristo Jesús, a través de la exaltación del Misterio de Belén, manifestado en el humilde pesebre que sirvió de cobijo al Salvador del Mundo y a la Familia de Nazaret.

miércoles, 8 de abril de 2009

Retrospectiva pascual

A menudo me pongo a pensar cómo sería el tiempo en que vivió Jesús, en medio de la esperanza de Israel y el dominio romano. Muy dura ha debido ser la vida para el pueblo, entre la clase privilegiada de su nación y el aplastante poderío del invasor. Oprimido por propios y extraños, el habitante común de Judea y Galilea sufría los rigores de la presión de los poderosos.

Dentro de lo insoportable de la situación, aparece Jesús con el anuncio de la Buena Nueva para Israel: el Señor venía a liberarlos. El mensaje de Jesús, fundamentado en la fe y en la actitud de vida de quien elige hacer la voluntad de Dios, era interpretado de diversa manera por sus interlocutores. Los príncipes de los sacerdotes y los jefes de los partidos fariseo y saduceo, esperaban la restauración del reino con la expulsión romana y el reconocimiento de sus méritos como cumplidores de la ley; en cambio, lo que recibieron fue la condena por parte de Cristo a causa de la explotación y el desprecio que hacían al pueblo desvalido. Para los pobres, la cuestión era distinta: el lenguaje de Jesús, duro para los poderosos, resultaba esperanzador para los desposeídos. Los gentiles, por su parte, se mofaban o creían, según la medida de su corazón.

Luego de tres años de revolucionar la mentalidad de los habitantes de la región, creyentes y paganos, y tras los milagros y los portentos que lo ubicaban como un profeta poderoso en obras, o como el Mesías, según la fe de quienes le conocían, Jesús llega a la Pascua del año de su crucifixión. La última cena pascual con sus discípulos, a escondidas de quienes lo buscaban para matarlo. Allí, en el cenáculo de aquella casa, instituye la eucaristía y es traicionado por el Iscariote, después de que el demonio entrara en éste.

Prendido en la noche, tras recibir el beso traidor de Judas, es conducido a la casa de Caifás y, a la mañana siguiente, al Sanedrín. De allí, al tribunal de Pilato; y luego de vuelta a uno y al otro, hasta la sentencia de muerte definitiva. El viernes, la cruz y la sepultura, antes que caiga la noche. Sus discípulos refugiados; con miedo. Todo el sábado ocultos. En la mañana del domingo, las mujeres van a ungir el cadáver, pues no hubo tiempo para hacerlo por la prisa de su sepultura para que no les sorprendiera el Sábado.

El primer día de la semana, al amanecer, la sorpresa: no está el cuerpo. A pesar de la guardia a la entrada del sepulcro, no está el que creían muerto. La noticia llega a los discípulos, que corren a la tumba. Después se les aparece, tras hacerlo ante las mujeres. No lo pueden creer. El Maestro está vivo; ha resucitado. Quien no lo vio con sus propios ojos, no lo cree. Después lo haría avergonzado, cuando le hacen meter la mano en el costado abierto por la lanza y el dedo en la llaga de las manos que dejaron los clavos. No había ya dudas: Cristo está vivo y reina. Ahora vendría la persecución, pero de nada valió. Cárcel, ejecuciones, exilio, torturas y muerte por doquier y de múltiples formas, cada cual más dolorosa.

Dos mil años del reinado de Cristo. El mismo rechazo hoy de los que lo niegan; la misma persecución en contra de sus seguidores. Sólo cambian las circunstancias, porque el corazón del hombre sigue igual: Duro como un pedernal, o rendido ante aquel que sólo tiene palabras de vida eterna, sin prometer oro, dinero ni poderío terrenal.