Dos hombres con una raíz común han recibido el reconocimiento del CoSPAE, por la labor realizada en beneficio de la población vulnerable. Sus apellidos podrían traer a la memoria las hazañas de otros dos hombres que, en los tiempos de la conquista de América, dejaron su huella cuando andaban en pos de la riqueza de nuestras tierras continentales. Pero los nuestros, son distintos. Si a aquellos lejanos personajes de la conquista y la colonización los movía la ambición material, a los homenajeados del CoSPAE los mueve el afán de ser solidarios, que adquirieron al amparo del espíritu javeriano, en el Colegio Javier de Ciudad de Panamá.
Juan David Morgan González y Adonaí Andrés Cortés Elisha, uno jurista y literato, el otro fraile y misionero, se han hecho merecedores de la Orden René De Lima, que otorga cada año el Consejo del Sector Privado para la Asistencia Educacional - CoSPAE, a los panameños que se destacan en el esfuerzo por el desarrollo de la educación nacional. Enmarcado este año en el 30 Aniversario de fundación del CoSPAE.
Morgan es egresado del Colegio Javier, graduado en las universidades de Panamá y Yale, baloncetista y beisbolista en sus años mozos, consagrado escritor, aficionado al canto, y catedrático en la Universidad de Panamá en la década de 1960. Posee otros méritos en el campo de la política y del empresariado, pero su labor comunitaria supera todos los anteriores. Sus esfuerzos como presidente del Patronato del Museo del Canal Interoceánico y en la Junta de Síndicos de la Fundación Ciudad del Saber, hablan por sí solos de sus aportes a la vida nacional.
El reverendo Adonaí, licenciado en Teología por la Universidad La Salle, México, y maestría y estudios de posgrado en la Universidad Santo Inácio, Brasil, y en universidades de Panamá, Chile y Bogotá, es miembro de la Compañía de Jesús y ejerció la docencia en el Colegio Javier. Dentro de su vida de servicios, también amplia, se destaca su labor como fundador y presidente de la Fundación Nuestra Señora del Camino, organización de espiritualidad ignaciana, que desarrolla su actividad a través de programas formativos y gestiones sociales en el oriente chiricano y la comarca indígena Ngäbe - Buglé.
Dos compatriotas que, a pesar de sus méritos profesionales y personales, han ido más allá de su propio éxito, dedicando tiempo y parte de su vida a servir a los demás. El propio presentador de Morgan, javeriano por añadidura, Jorge Arosemena, director de la Ciudad del Saber, ante la casualidad, dijo: "esto parece una noche javeriana." En el caso de fray Cortés, le correspondió la presentación a Roberto Motta, igualmente egresado del Colegio Javier.
La Orden René De Lima le fue impuesta a ambos galardonados por Irving Halman, acompañado de los ministros de estado Álvaro Alemán y Luis Ernesto Carles, el director del Inadeh Modaldo Tuñón, y los directivos de CoSPAE Iván De Icaza, Carlos Sucre, entre otros. Fue la noche de Morgan y Cortés; pero no la del conquistador y el filibustero, sino la de dos gladiadores del patio, cuya arena de combate la educación y la formación de aquellos que se esfuerzan por romper las ataduras que les ha impuesto la sociedad
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lunes, 24 de noviembre de 2014
miércoles, 31 de marzo de 2010
¿Dónde está tu corazón?
Una de las enseñanzas de Jesús nos dice que donde esté nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón. Aquello a lo que damos más valor, es nuestro tesoro, que puede ser el afecto, algún anhelo o recuerdo, o algún bien.
Muchas veces no le damos importancia a este hecho, porque consideramos que no hacemos nada malo. Dios, efectivamente, nos colma de bienes, pero están subordinados al amor a Dios y, aún, a nosotros mismos. Ningún tesoro está por encima de Dios, ni debe estar por encima de nosotros mismos. Anteponer esos “tesoros” a Dios y a nosotros, sólo nos traerá esclavitud y pesares.
La muestra en estos días es la celebración pascual, que es la mayor fiesta del cristiano. Acudimos el Jueves Santo a recorrer los 7 templos, a la liturgia del Lavatorio de los Pies, a la Adoración del Santísimo. Lo mismo hacemos el Viernes Santo: el Rito de la Cruz, el ayuno, la abstinencia, la procesión. A la Vigilia, ya son menos los concurrentes. Que si es de noche, que el peligro de andar por la calle, que el cansancio de los dos días anteriores, y otras excusas. Ya se apaga el fuego de la devoción. Y el Domingo de Pascua, otro tanto. La playa, la diversión, la vuelta a la normalidad, después de varios días de sequía y aflicción.
¿Por qué el desinterés? Buscar causas sería algo de nunca acabar. Quizá, y sólo quizá, no hacemos lo suficiente para que la Pascua se sienta como una fiesta. El ambiente festivo se siente poco entre los cristianos, porque proyectamos una imagen de una misa más. ¿Dónde están las invitaciones? ¿Dónde esa sensación de fiesta en el templo y sus alrededores? ¿Dónde ese algo de más, que diferencie el Domingo de Resurrección de los domingos ordinarios del año? Si no ven que estamos de fiesta, los demás difícilmente lo percibirán.
Cada uno de los cristianos tenemos el deber de transmitir esa imagen de celebración, de regocijo. Algún signo en nuestros hogares, que le diga al resto de las personas que Cristo resucitó. Una imagen, un letrero, vestirse elegante, invitar a comer a los amigos, a la familia. Organizar un ágape con los vecinos, o entregarle alguna hojita con una lectura breve sobre la fiesta que celebramos. Cosas sencillas, pero que den testimonio que estamos alegres en el Señor.
De nosotros depende que se sienta que celebramos. Así como el vecindario se entera cuando hacemos una fiesta en casa, o si vamos a salir a alguna celebración de bodas o 15 años, de igual forma, proporciones guardadas, debe enterarse que celebramos la Resurrección del Señor, sin escándalo, pero con signos visibles. Empecemos a hacerlo este año, y el esfuerzo rendirá sus frutos.
Muchas veces no le damos importancia a este hecho, porque consideramos que no hacemos nada malo. Dios, efectivamente, nos colma de bienes, pero están subordinados al amor a Dios y, aún, a nosotros mismos. Ningún tesoro está por encima de Dios, ni debe estar por encima de nosotros mismos. Anteponer esos “tesoros” a Dios y a nosotros, sólo nos traerá esclavitud y pesares.
La muestra en estos días es la celebración pascual, que es la mayor fiesta del cristiano. Acudimos el Jueves Santo a recorrer los 7 templos, a la liturgia del Lavatorio de los Pies, a la Adoración del Santísimo. Lo mismo hacemos el Viernes Santo: el Rito de la Cruz, el ayuno, la abstinencia, la procesión. A la Vigilia, ya son menos los concurrentes. Que si es de noche, que el peligro de andar por la calle, que el cansancio de los dos días anteriores, y otras excusas. Ya se apaga el fuego de la devoción. Y el Domingo de Pascua, otro tanto. La playa, la diversión, la vuelta a la normalidad, después de varios días de sequía y aflicción.
¿Por qué el desinterés? Buscar causas sería algo de nunca acabar. Quizá, y sólo quizá, no hacemos lo suficiente para que la Pascua se sienta como una fiesta. El ambiente festivo se siente poco entre los cristianos, porque proyectamos una imagen de una misa más. ¿Dónde están las invitaciones? ¿Dónde esa sensación de fiesta en el templo y sus alrededores? ¿Dónde ese algo de más, que diferencie el Domingo de Resurrección de los domingos ordinarios del año? Si no ven que estamos de fiesta, los demás difícilmente lo percibirán.
Cada uno de los cristianos tenemos el deber de transmitir esa imagen de celebración, de regocijo. Algún signo en nuestros hogares, que le diga al resto de las personas que Cristo resucitó. Una imagen, un letrero, vestirse elegante, invitar a comer a los amigos, a la familia. Organizar un ágape con los vecinos, o entregarle alguna hojita con una lectura breve sobre la fiesta que celebramos. Cosas sencillas, pero que den testimonio que estamos alegres en el Señor.
De nosotros depende que se sienta que celebramos. Así como el vecindario se entera cuando hacemos una fiesta en casa, o si vamos a salir a alguna celebración de bodas o 15 años, de igual forma, proporciones guardadas, debe enterarse que celebramos la Resurrección del Señor, sin escándalo, pero con signos visibles. Empecemos a hacerlo este año, y el esfuerzo rendirá sus frutos.
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