jueves, 24 de septiembre de 2009

Rememorando Oktoberfest 1989

Transcurría el mes de octubre de 1989 cuando la Unión Católica Internacional de la Prensa (UCIP) reunió a centenares de jóvenes periodistas católicos en Ruhpolding, Alemania, pequeño pueblo de Baviera, mientras miles de alemanes orientales burlaban el cerco del Muro de Berlín. Era Oktoberfest, y se multiplicaban los hombres vestidos con sus Leverhosen y las mujeres con sus Dimdl.

Fue la primera convención de la Red de Jóvenes Periodistas, que se convocó dos años antes, en 1987. A través de anuncios en los boletines y periódicos católicos, los periodistas jóvenes de la época nos comunicamos por correo ordinario. No teníamos Internet ni e-mail, mucho menos blackberry. Apenas podíamos comunicarnos por el telefax, y para muchos países del tercer mundo africano o asiático, y algunos latinoamericanos, la única posibilidad era enviar una carta por correo postal. Aún así, casi 400 jóvenes periodistas católicos acudimos a la cita en Ruhpolding.

Recuerdo que fui de los primeros en llegar, porque el vuelo desde mi país, Panamá, me obligaba a llegar un día antes de lo previsto. En aquellos días vivíamos una crisis política muy grave, que tendría su punto culminante dos meses después, con la Invasión de los Estados Unidos a Panamá el 20 de diciembre de ese año. Al primero que encontré fue un uruguayo, cuyo nombre ya no recuerdo, en el aeropuerto de Munich. Tuve que esperar varias horas, para que pudieran recogerme junto con él y llevarnos a Ruhpolding. Mientras vagaba por el aeropuerto me llamó la atención un Mercedes Benz 500 convertible, que estaba en exhibición. Pregunté a unos trabajadores por el precio, y me respondieron: noventa mil dólares, yo contesté: ¿sólo eso? Y los hombres me dicen: Si lo puede pagar… En realidad pensé en voz alta, porque en mi país se anunciaba en USD125,000 y me llamó la atención la diferencia en el precio.

Cuando llegué a Ruhpolding, esa noche, me encontré con Joseph Chittilapilly, con quién había cruzado varias cartas. Fue un encuentro muy alegre. Al día siguiente empezaron a llegar los demás jóvenes. Gente de Uganda, Ghana, Centroáfrica, Zimbabwe, Mauritania, Madagascar, Japón, Pakistán, India, Filipinas, China, Polonia, Argentina, México, Estados Unidos, y otros países. Veníamos de más de 60 países a la cita de Ruhpolding. Ese encuentro marcaría la renovación de la UCIP.

Junto a otros 24 jóvenes, yo era de los que había ganado el premio por país. Una manera en que la UCIP reconocía el esfuerzo del periodismo católico joven, y nos facilitaba la participación en la Convención de la Red y el Congreso Mundial. La experiencia fue inolvidable, porque al finalizar el encuentro, los premiados recorrimos Alemania. Visitamos Munich, Bonn, Colonia y Berlín. La visita al santuario mariano de Altoting fue majestuosa. Medio millar de periodistas en procesión alrededor del santuario, con velas en las manos. Lo recuerdo como si fuera hoy. Ese mismo año de 1989 las peregrinaciones a Altoting cumplían 500 años de celebración.

Cuando visitamos el este de Berlín, bajo el dominio de la República Democrática Alemana, no pudimos contener nuestro asombro ante un ambiente tan tenso. Recuerdo que al pasar por el control de migración, uno de los nuestros fue llevado a un cuarto de interrogatorio. Era un joven de la India, Ignatius Gonsalves. Un rato después fue liberado. Cuando regresamos al lado oeste, nos fuimos al muro. Allí, en las riberas del río, reposaban las cruces y las flores en memoria de los que habían sido asesinados por los guardias al intentar cruzarlo. Veíamos sus torres de vigilancia, las alambradas, los perros y las patrullas. Ocho días después de nuestra despedida, caería el Muro de Berlín.

Recuerdo algunos nombres de los participantes: Marco Antonio Piva y Cleide Silva, de Brasil; María Chao y Mery Cheng, de China; Eduardo Baldeón Larrea, Ecuador; Alfredo Fernández, Argentina; Giselle Lefebvre, Estados Unidos; Leticia Soberón, España; Emmanuel Neno, Pakistán; Mutsuo Fukuyama, Japón; Elson Faxina, Brasil; Ashley D’Mello, India; Alejandro Bermúdez, Perú; Honoré Dembélé, Burkina Faso; Noel Castagnette, Islas Mauricio; Andrés Cañizales, Venezuela; Margaret Jephson, Australia; Jean Ignace Manengou, República Centroafricana; y Norma Jean Buencamino, Filipinas. También recuerdo, con mucho cariño, a Bruno Holtz, entonces secretario general de la UCIP; a Jean Marie Bruneau, presidente de la Unión; y a Gunter Mees. A todos ellos, y a otros cuyos nombres no recuerdo, pero sí sus rostros, como si fuera hoy, los llevó en mi memoria y en mi corazón.

Tampoco olvido el almuerzo en la cima de una montaña, a la que accedimos por el teleférico. Allá arriba, luego de la comida en el restaurante del lugar, hicimos una guerra de bolas de nieve. El pico nevado y nuboso contrastaba con el verde y soleado valle abajo. En otro sitio nos ofrecieron la comida típica bávara, entre los platos: alce asado. También participe en la competencia de aserrar troncos. Nunca lo había hecho, pero fui felicitado por los corpulentos alemanes que me animaron a participar. La visita a Salzburgo, igualmente, fue interesante. El personaje que hace de Arzobispo, paseándose por la calle, y la carrera por las largas escalinatas para llegar al castillo donde cenamos. Otros subieron en monorriel, lo que preferiría hacer hoy día si volviera a ir.

De todas las convenciones y los congresos de la UCIP, en los que he participado, Ruhpolding es algo especial. No sólo porque lo viví con la fuerza de la juventud, sino porque es único en la historia de la UCIP. Allí nació la Red de Periodistas Jóvenes, se realizó la Primera Convención, y reunió a tantos periodistas jóvenes de Europa, América, África, Asia, y Oceanía. Fue la caída del Muro y todo lo que significaba. Fuimos de los últimos extranjeros en pasar a Berlín Oriental. Tomamos las últimas fotografías del muro y sus guardias, de la Puerta de Brandeburgo tapiada, y, también, de los que visitamos Bonn como capital federal antes de que le devolviera este título a Berlín.

Hoy puedo decir alegre y orgulloso: ¡Yo estuve en la Primera Convención de la Red de Jóvenes Periodistas! ¡Yo estuve en Ruhpolding 1989!

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Antigua embajada americana

Con este nombre se conoce un edificio en la Avenida Balboa, que albergó la sede diplomática de los Estados Unidos de América, hasta hace poco. So pretexto de ubicar a alguna dependencia estatal, se pretende echarlo abajo y levantar un mamotreto que, supuestamente, será un edificio emblemático en el lugar.

Yo me pregunto: ¿puede construirse un edificio en el mismo lugar, que sea más emblemático que la antigua embajada de los Estados Unidos? La historia que encierra la construcción, tanto en la lucha panameña por el reconocimiento pleno de su soberanía, como por los hechos ocurridos en su interior, con alcance allende nuestras fronteras, lo colocan en un sitial envidiable para ser conservado.

Si no quiere considerarse el valor histórico del edificio, aunque, oficialmente, no haya sido declarado como tal, al menos debe tomarse en cuenta que, junto a la fachada del Hospital Santo Tomás, la casa de la embajada del Reino Unido, y la representación diplomática de Libia, son las únicas cuatro muestras de la arquitectura que una vez caracterizó a la Avenida Balboa. Todas las demás construcciones emblemáticas han sido demolidas, para darle paso a las torres de concreto y de cristal, que poca gracia arquitectónica tienen, y, como todas son parientes, muestran los rasgos genéticos de cuadratura y piquitos rojos que las distinguen.

Variadas son las voces que se alzan a favor de conservar el edificio de la antigua embajada estadounidense, pero al parecer los oídos locos están sordos. Al final, por lo que veo, impondrán su locura, pero no se librarán de la responsabilidad histórica, por asesinar de manera insensata una muestra del patrimonio arquitectónico de La Exposición y Bella Vista, tan vilipendiado en los últimos años, a causa de la ambición desmedida e irracional de quienes, en deleznable demostración de opulencia y poder, imponen su voluntad sobre el querer común.

Otro sitio emblemático que podría desaparecer, o resultar gravemente intervenido, tal como lo hemos conocido hasta ahora, es el Terraplén del Casco Antiguo. Supuestamente, la cinta costera será extendida pasándole por el frente y quitándole el mar. También se llevarán por los cachos al Muelle Fiscal, porque quieren moverlo a otro lugar dentro del área. Como aún no nos muestran una concepción o levantamiento de la obra, concluimos que arrasarán con todo, para rellenar y decorar de manera similar a la cinta costera. Otro asesinato, en que los victimarios se hacen los locos, e invocando su locura, no aceptan ser responsables del crimen aberrante que cometen contra nuestra ciudad.

Si algo de panameño les queda, corrijan el rumbo. Las entidades que quieren ubicar en el nuevo mamotreto “emblemático” de la Avenida Balboa, bien pueden mandarlas a otra parte cercana. Allí tienen, por ejemplo, los terrenos de las Rentas. La conexión con la cinta costera debe respetar el conjunto arquitectónico monumental del Casco Antiguo, en el Terraplén. Se puede construir un nuevo Muelle Fiscal, pero debe conservarse la estructura del actual, para convertirlo en un espacio público y turístico, donde se instalen los artesanos y algunos cafés o restaurantes pequeños. Ojalá, en esto, prime la cordura del sentido nacional sobre la locura del poder.

viernes, 7 de agosto de 2009

CONVERSACION ENTRE GENERACIONES

Un famoso cantante popular en los tiempos de mi padre, interpretaba una canción titulada “Conversación en tiempo de bolero”. Lo que más me llamaba la atención de la letra de la melodía era una parte que decía, “porque contigo no se puede hablar”. El intérprete se quejaba de no poder dialogar con su mujer debido a una evidente falta de entendimiento.
Igual ocurre con las distintas generaciones de la familia, cuando no se practica el diálogo. Son innumerables las veces que he tenido la oportunidad de observar discusiones familiares, o ser protagonista de ellas. Por lo general, las discusiones comienzan con el consabido “ en mi tiempo era mejor", o "no era así”, o “esta juventud está perdida”, y cosas por el estilo.
Veamos, en tono de cuento, como sería una discusión entre un joven de 14 años, su padre de 40 y su abuelo que ronda los 65. Los tres están sentados frente al televisor viendo el partido de fútbol, mientras el joven, eufórico y fanático, alardea sobre las habilidades de Messi. Su padre, ni corto ni perezoso, recuerda a Maradona, como el más grande entre los grandes. El abuelo, que todavía tiene el temple de quién toda la vida ha trabajado duro, saca a relucir, del empolvado baúl de los recuerdos, al rey Pelé. De esta forma comienza la discusión, que , después del segundo tiempo, acabará criticando la música y la manera de vestir del mozuelo.
Hijo mío, le recrimina el Padre. En mi tiempo no vestíamos esos trapos que ustedes se ponen hoy. Tampoco escuchábamos esa música estridente ni llegábamos tan tarde a casa. Ustedes son una generación pérdida. En eso, interrumpe el abuelo y dice:
Esos nombrecitos de sus conjuntos, con esas muchachitas semivestidas y esos tipos mamarrachos, no están en nada. En mi época, el Gran Combo o la Fania hubieran acabado con cualquiera de esos. El padre regresa a escena y añade, hasta en el baile están despistados. La pareja por un lado, y ustedes por el otro. La discusión avanza, hasta el punto en que la autoridad de los mayores se impone. Aquí no hay penales ni tiempo suplementario. Los padres son los padres, y punto.
El jovenzuelo se retira con el rabo entre las piernas. La venganza, como una represalia a su bisoña erudición futbolistica, se ha consumado. En su mente afloran los argumentos, que celosamente guarda en secreto. Qué puede criticar el abuelo cuando, según las anécdotas familiares, bailó bomba, twist y go-go y sé colaba en los quinceaños. Y papá…bien que movió su cuerpo al ritmo de la lambada y aún hasta suspira por mamá cuando escucha una canción de Menudo o Air Supply . Y del vestido, ni hablar. Nada tiene de diferente las faldas de medio paso que vio mi abuelo, con los pantaloncitos del tiempo de papá y las minis de mis amigas.
Realmente, sólo cambia la forma. Las películas de vaqueros se trocaron en las de guerra, después Rambo, y ahora tienen su expresión en Matrix. Los tragos y los cigarrillos son de la misma marca. Lo único que cambia son el escenario y los actores.

jueves, 23 de julio de 2009

Las nuevas multas de tránsito

El anuncio del aumento de las multas de tránsito es ineficaz para resolver el caos y el irrespeto que se da en las vías públicas. Meter miedo es una cosa; hacer sentir respeto por la ley, otra. Un incremento desmedido en el monto de las multas, sólo presagia una cosa: más coima.

La nueva titular de la Autoridad del Tránsito es trabajadora, inteligente y sensible a las sugerencias. Cuando recoja las diversas opiniones sobre su propuesta, de seguro las tomará en cuenta y reevaluará su propuesta. Aumentar de manera excesiva la sanción pecuniaria por las infracciones al reglamento de tránsito, no es la solución para el problema. La cultura y el sistema creados en este ambiente conspiran contra tal medida. Los que se creen dueños de la avenida seguirán con sus malos hábitos, porque no es la multa actual la que los hace actuar así, sino el contubernio y la complicidad de ciertos agentes y de algunas autoridades.

Si analizamos por mera observación lo que acontece en la calle, nos daremos cuenta de algunas falencias en el control que se ejerce sobre los conductores infractores. La ausencia de vigilancia es notoria. Podemos recorrer por casi una hora las avenidas principales de la ciudad, y no vemos un policía de tránsito. Cuando aparece alguno, por lo general custodia una construcción o anda a pie. El conductor infractor lo sabe, y se juega una ruleta en la que tiene más probabilidad de salir impune que ser sorprendido en la acción.

Otra situación común es la actitud de los conductores de transporte colectivo, que poco caso hacen del silbato del agente. Tienen que pitarle varias veces, para que atiendan. Cuando hay varios agentes en un operativo, entonces obedecen, pero gran parte del día andan felices y a sus anchas.

Creo que antes de subir el precio de las multas es mejor organizar la vigilancia, colocar más policías de tránsito motorizados en la calles, y dividir la ciudad por cuadrantes, para que la vigilancia sea efectiva. Si se hace cumplir la ley, los conductores irresponsables tendrán la certeza del castigo y de la presencia constante de la policía de tránsito.

De hacerse una reforma endureciendo la sanción, esta debe dirigirse a los reincidentes. A esos debe imponérseles un castigo escalonado, que los disuada de su mal comportamiento al conducir un vehículo. Las penas empezarían por lo pecuniario, para luego pasar a terapia sicológica y suspensión temporal o definitiva de la licencia de conducir. De todo esto, a lo que más le temen es a perder la licencia. Ya una vez se elevó el monto de las multas, y la cosa sigue como antes. La fiebre no está en la sábana, sino en el enfermo.

Antes de poner en vigencia la desproporcionada elevación del monto de las multas, la Autoridad de Tránsito debe sopesar el alcance que esa medida tendrá. De no hacerlo, los agentes corruptos tendrán otra razón para llevarse dinero al bolsillo, sin que se vea la solución del problema. Por otra parte, los que no han caído en la vorágine de la corrupción estarían tentados, por el negociado y el dinero fácil que promete la cultura predominante en la relación entre conductores y policías torcidos, a incurrir en la misma despreciable anomalía.

lunes, 20 de julio de 2009

Apolo XI en la Luna

Hace 40 años yo era un niño pequeño. Apenas dejaba la escuela primaria. La gran noticia de aquel año de 1969 fue el alunizaje del Apolo XI. Me asombraba ver aquella transmisión vía satélite de la TV; la primera que veía en mi vida. Los astronautas dando saltitos en la superficie lunar, cual muñequitos de juguete. La hazaña más asombrosa desde el viaje de Cristóbal Colón 477 años antes.

Neil Armstrong: jamás se me olvidó ese nombre. Yo era un niño precoz en el saber, por lo que el tema me tenía ensimismado. Unos meses antes, mientras la maestra explicaba la fotosíntesis del agua, yo me atreví a hablarle a mi clase de las células fotoeléctricas y el rayo láser. No existía la internet. Ni soñarla. Sólo libros y diccionarios, o folletos en la escuálida biblioteca escolar. Sin embargo, ya estaba yo familiarizado con el cohete Saturno V, el proyecto Géminis, las naves Apolo, y algunas cosas más antiguas de ese momento como el satélite artificial Telstar, en cuyo desarrolló trabajó el esposo de una de las hijas de mi fallecida tía Delicia.

A pesar de gustarme la ciencia, eso no era lo mío. Lo descubriría un par de años después. Mi pasión: el periodismo. Aquel gusanillo explorador de información era lo que me hacía devorar periódicos, revistas, boletines, y pegarme a los noticieros de aquella pantalla en blanco y negro, o monocromática, si se le quiere decir con caché, que constituía la televisión de entonces.

El hombre en la Luna, posándose en el Mar de la Tranquilidad a bordo del módulo lunar, que se destetaba del módulo de comando. Tres hombres: Armstrong, Buzz Aldrin, y Michael Collins. Los representantes de la raza humana en el mundo lunar. Con ese viaje se acabó aquello que la Luna era de queso, que había extraños seres habitando en ella, y algunas cosas más. Lo único que ha sobrevivido a esa aventura: la Luna de Miel. Lo demás sucumbió.

No olvidaré aquel 20 de julio de 1969. Me apresuré a salir de la escuela, para pegarme al televisor. Millones de personas alrededor del mundo fueron protagonistas, a través de la pantalla chica. De haber existido el chat, hasta nos habrían cobrado las televisoras por enviarle saludos a los astronautas. ¡Qué negociado hubiera sido!

La vuelta a la Tierra no fue menos espectacular. Otra transmisión por TV. La espera que atravesarán la zona de silencio, donde podían perderse devorados por el fuego al entrar a la atmósfera. Cuando lograron transmitir, el regocijo fue grande. Las cámaras enfocaron aquel puntito en el cielo; los paracaídas se abrieron; y la cápsula amarizó. No recuerdo ahora si fue esa la que cayó de cabeza, o fue en otra misión del programa Apolo. La emoción se centró en el rescate. Los buzos se lanzaron desde el helicóptero y abrieron la escotilla. Los astronautas salieron y fueron subidos a bordo del portaaviones. Los metieron en una cámara especial, para evitar cualquier tipo de virus o elemento extraño que pudieran haber traído a la Tierra.

Con el tiempo se exhibieron los objetos que trajeron, principalmente las muestras de roca lunar. Años después supimos que la bandera que sembraron se quemó en el despegue del módulo lunar, algunas otras cosas que estaban alrededor. Como dijera Neil Armstrong desde la Luna: fue un pequeño salto para el hombre, y un gran paso para la humanidad.

jueves, 9 de julio de 2009

Universalidad del 14 de Julio

La fiesta de Francia conocida como el Día de los Derechos del Hombre es, con mucho, una gesta que abarca a toda la humanidad. La Toma de la Bastilla, y la proclama de Libertad, Igualdad y Fraternidad, que puso fin al vasallismo francés, y al despotismo de la monarquía, se inspira en los valores más profundos del ser humano.

Es comprobada la influencia del movimiento libertario francés, que tuvo su momento cumbre en los acontecimientos del 14 de Julio. Las Tullerías, La Bastilla, el Campo de Marte, son escenarios del deseo de libertad y de igualdad que, en representación de la humanidad, hicieron patente los protagonistas de aquellos hechos. Francia es, en este sentido, el estandarte del ideal de los pueblos del mundo.

Tengo un aprecio especial por la Revolución Francesa. Me fascina. De hecho cumplí uno de mis sueños de juventud: vivir un 14 de Julio en París. Mochila a la espalda, y 14 horas en tren desde Roma a la Ciudad Luz, me llevaron a presenciar esa celebración presidida por el recién estrenado presidente francés de aquel tiempo, monsieur Francois Mitterrand.

Aquí en el patio, el 14 de Julio representó mi rebeldía contra la dictadura que gobernó a Panamá durante 21 años. Era yo un adolescente, cuando empecé a celebrar cada aniversario de la Revolución Francesa en mi barrio. Reuní algunos amigos y vecinos, y hacía la proclama de libertad y mis acostumbradas arengas contra el régimen. Por un periodo de 16 años consecutivos, se hizo costumbre este acto. Al principio, por ser yo menor de edad, la “ceremonia” duraba un par de horas, porque el toque de queda para los menores de edad regía a partir de las 8 de la noche. Un par de años después, la celebración se extendía por varias horas, y concluía a la medianoche con el canto de la Marsellesa por las calles del barrio. Huelga decir que, en más de una ocasión, tuve mis encontrones con la policía. Afortunadamente, no paré en la cárcel. Una que otra vez nos dispersaban, y nos perdíamos por los zaguanes y callejones, para salir al otro lado de la calle y continuar reclamando el fin de la dictadura.

Una de las frases lapidarias, cuando nos acosaba la policía, era la de Mirabeu: “estamos aquí por la voluntad del pueblo, y sólo nos sacarán por la fuerza de las bayonetas”, la que gritaba yo a buen recaudo, en algún cuarto o vivienda de quienes me refugiaban, seguido por el coro de mis “huestes revolucionarias”.

Quizá esta historia, anónima para muchos, no tuvo alcance nacional; pero, en el barrio, tuvo un impacto profundo entre los que eran jóvenes como yo, y, a través de nosotros, en aquellos adultos que veían en esta rebeldía la esperanza de recuperar la democracia en Panamá. Quiero recordar algunos de los que me acompañaron, por tantos años, en ese acto civilista en el barrio. A “Solo un Ojo”, “Mamicho”, “Pescao”, “El Champ”, “Chano Pozo”, “El Gran Danés”, “Pita”, “Pifia”, gracias por apoyarme en mi locura. A las “viejas” que me abrieron las puertas de sus cuartos, para darme refugio. Gracias. Y a todos los demás, mil gracias.
¡Vive La France! ¡Vive la Liberté! ¡Vive les droites de l’homme! ¡Vive l’humanité!

lunes, 6 de julio de 2009

Caballeros de la política

La visita de diversos personajes políticos al ex presidente Guillermo Endara, en su lecho de enfermo, es una muestra de que no todo está perdido en nuestra sociedad política. Personajes opositores al partidismo del ex mandatario, desfilaron para ofrecerle su respeto y desearle pronto restablecimiento.

Si esa caballerosidad se mostrara más a menudo en el comportamiento de nuestra clase política, quizá tendríamos menos escándalos y mejor ambiente en la relación interpartidaria. Es algo que nos hace falta, para edificar el ejercicio de la política en nuestro medio. Figuras como Ricardo Arias Calderón y Arístides Royo, quienes han demostrado decencia y educación en su actuar político, visitaron a Endara, en un gesto significativo. Ambos, en su momento, tuvieron sus divergencias con el enfermo. Su visita, en la actualidad, ni les suma ni les resta votos o simpatías electorales, porque ya están alejados de dichos menesteres; lo que nos hace pensar en la sinceridad de su visita.

Otras figuras, también, se apersonaron al hospital donde está recluido Guillermo Endara. El ex presidente Ernesto Pérez Balladares; el actual presidente, Ricardo Martinelli; y el presidente saliente, Martín Torrijos. De este último, igual, debo destacar sus buenas maneras y sencillez. No juzgo, y aclaro, la gestión presidencial o de hombre público de ninguno. En su momento, cuando estuvieron al frente de sus cargos, lo hice con toda libertad. Nunca busque ni pedí que me dieran un puesto, o una botella, o algún favor que me acomodara. Menos pedí dinero. ¡Líbreme Dios! A cada uno de ellos les he dicho lo que pienso, sin adulación ni hipocresía. Excepto a Royo, a los demás les he dicho, frente a frente, mi opinión con respecto a las circunstancias que nos han hecho encontrarnos. Pero a todos, sin excepción, les critiqué en mis escritos.

Con la violencia verbal y el ataque personalizado que observamos en la reciente campaña electoral, el gesto de estos hombres que menciono se convierte en un acto digno de imitar. La caballerosidad, la decencia, la tolerancia, la honestidad y el buen actuar, es lo que espero de los funcionarios que ahora asumen la conducción del país. De su ejemplo depende que sus simpatizantes los emulen. Según sea el personaje que gobierna o dirige, así serán sus seguidores. Que la buena conducta sea incluida en el cambio que se nos ha prometido, porque en la campaña estuvo ausente en el proceder de algunos.

Deseo pronto restablecimiento al ex presidente Endara, si es la voluntad de Dios. Que, recíprocamente, corresponda a la caballerosidad que ha recibido en su cama de doliente. Que recupere aquel carácter afable y trato exquisito, cuando lo veía atravesar, hace años, la Plaza de Porras, al salir de su bufete. Así me gustaría volverlo a ver. Y lo dice alguien con quien polemizó públicamente, y que siempre le respetó su investidura presidencial, al punto de esperar la terminación de su mandato para responderle, de ciudadano a ciudadano, algunos de sus señalamientos.


La visita de diversos personajes políticos al ex presidente Guillermo Endara, en su lecho de enfermo, es una muestra de que no todo está perdido en nuestra sociedad política. Personajes opositores al partidismo del ex mandatario, desfilaron para ofrecerle su respeto y desearle pronto restablecimiento.

Si esa caballerosidad se mostrara más a menudo en el comportamiento de nuestra clase política, quizá tendríamos menos escándalos y mejor ambiente en la relación interpartidaria. Es algo que nos hace falta, para edificar el ejercicio de la política en nuestro medio. Figuras como Ricardo Arias Calderón y Arístides Royo, quienes han demostrado decencia y educación en su actuar político, visitaron a Endara, en un gesto significativo. Ambos, en su momento, tuvieron sus divergencias con el enfermo. Su visita, en la actualidad, ni les suma ni les resta votos o simpatías electorales, porque ya están alejados de dichos menesteres; lo que nos hace pensar en la sinceridad de su visita.

Otras figuras, también, se apersonaron al hospital donde está recluido Guillermo Endara. El ex presidente Ernesto Pérez Balladares; el actual presidente, Ricardo Martinelli; y el presidente saliente, Martín Torrijos. De este último, igual, debo destacar sus buenas maneras y sencillez. No juzgo, y aclaro, la gestión presidencial o de hombre público de ninguno. En su momento, cuando estuvieron al frente de sus cargos, lo hice con toda libertad. Nunca busque ni pedí que me dieran un puesto, o una botella, o algún favor que me acomodara. Menos pedí dinero. ¡Líbreme Dios! A cada uno de ellos les he dicho lo que pienso, sin adulación ni hipocresía. Excepto a Royo, a los demás les he dicho, frente a frente, mi opinión con respecto a las circunstancias que nos han hecho encontrarnos. Pero a todos, sin excepción, les critiqué en mis escritos.

Con la violencia verbal y el ataque personalizado que observamos en la reciente campaña electoral, el gesto de estos hombres que menciono se convierte en un acto digno de imitar. La caballerosidad, la decencia, la tolerancia, la honestidad y el buen actuar, es lo que espero de los funcionarios que ahora asumen la conducción del país. De su ejemplo depende que sus simpatizantes los emulen. Según sea el personaje que gobierna o dirige, así serán sus seguidores. Que la buena conducta sea incluida en el cambio que se nos ha prometido, porque en la campaña estuvo ausente en el proceder de algunos.

Deseo pronto restablecimiento al ex presidente Endara, si es la voluntad de Dios. Que, recíprocamente, corresponda a la caballerosidad que ha recibido en su cama de doliente. Que recupere aquel carácter afable y trato exquisito, cuando lo veía atravesar, hace años, la Plaza de Porras, al salir de su bufete. Así me gustaría volverlo a ver. Y lo dice alguien con quien polemizó públicamente, y que siempre le respetó su investidura presidencial, al punto de esperar la terminación de su mandato para responderle, de ciudadano a ciudadano, algunos de sus señalamientos.