La década de 1990 nos trajo aires inspiradores de descentralización, para acercar la solución de los problemas a la población y las comunidades. Los vientos que soplan en el comienzo de la 2010 al parecer nos encaminan hacia el centralismo estatal.
Asuntos como la recolección y el tratamiento de la basura, el transporte, la inversión en los proyectos comunitarios, el turismo y el urbanismo, entre otros, son o serán de dominio de entes nacionales. La cultura centralista facilita, en una sola dependencia, la administración de los recursos, pero pone distancia entre el ciudadano común y la autoridad competente, porque la visión del organismo encargado tiende hacia lo nacional y olvida lo local. La gestión y los trámites se alejan del ciudadano común y se inclinan a la burocratización. Lo que conviene para la administración de los recursos económicos, va en proporcionalmente en detrimento de la solución de los problemas de las comunidades pequeñas o los gobiernos locales.
Para que las llamadas “autoridades” – Turismo, Aseo y otras – alcancen a llegar a la base misma de la sociedad, es menester crear oficinas de enlace en los municipios. De esta forma los proyectos saldrían desde las comunas, con una visión más local, en vez de ser tratados como proyectos nacionales. Igual será necesario capacitar a los empleados municipales que han de encargarse de la tarea de enlazar con aquellos entes, garantizándoles la estabilidad en el cargo, para evitar el vicio de despedirlos cada vez que cambia el poder de manos de un partido a otro.
Esta cuestión de la descentralización municipal no es nueva, aunque después de la Invasión de diciembre de 1989 ganó cierto impulso. Recuerdo el intento que se hizo con la creación del Instituto Para la Descentralización Municipal (IPADEM), en el cual me invitaron a participar en sus orígenes. También, proporciones guardadas, aspectos de la descentralización y otros puntos para el desarrollo de la democracia y el estado fueron planteados en la iniciativa Visión 2020, de la que también participé como parte de los representantes de la sociedad civil.
Urge poner en práctica la descentralización del estado, para poner en manos de los municipios algunas gestiones que ahora están o se traspasarán a entes nacionales. Tenemos que vencer el temor que nos salga algún alcalde inepto, porque las instituciones trascienden el efímero periodo de un funcionario alcaldicio en el poder. Si de temor se trata, pensemos, también, en que nos surja algún presidente inepto o autoritario, que podría descalabrar, desde los entes nacionales que controla, toda la administración de esos asuntos. Es mejor tener unos cuantos alcaldes ineptos, entre los casi 70 del país, que un presidente que lo acomode o desacomode todo según su talante.
Necesitamos más espacios de participación, para fortalecer el poder ciudadano, para que el ciudadano sea escuchado debidamente, y para hacer progresar el país con la ayuda y el consenso de la comunidad. El desafío está frente a nosotros, solo resta afrontarlo.
Blog dedicado a comentar y analizar temas de actualidad social, espiritualidad y humanidad.
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jueves, 2 de septiembre de 2010
lunes, 22 de junio de 2009
La esperanza de cambio
A pocos días de la transmisión de mando gubernamental, el pueblo espera el anhelado cambio que, lustro tras lustro, se le promete y no llega. Yo también espero que las cosas cambien, aunque mi optimismo, en este caso, no es tan grande, por lo que he visto antes y después de las elecciones.
En los años de lucha contra la dictadura, una cosa estuvo clara en cuanto al cambio: recobrar la democracia. Después de la invasión, salvo el compromiso plasmado en la Agenda de Reconstrucción Civilista, el concepto de cambio da tumbos aquí, allá y acullá. Cada candidato tiene su propia concepción del cambio que debe producirse en el país. No hay unidad de criterio en este tema. Pareciera que estamos ante la encrucijada del cambio que quiere el partido que gana, y el cambio que anhela el pueblo.
Tanto en la década pasada como en la que transcurre, los esfuerzos por lograr el consenso por el cambio se han malogrado. Los encuentros de Bambito, Coronado, y la reciente Concertación Nacional, se han disipado como el humo. Del fuego que encendió el entusiasmo por darnos un plan de desarrollo nacional, sólo queda la añoranza.
Si algún cambio se produce dependerá, mas bien, de la iniciativa de algún funcionario o funcionaria, que maneje con seriedad y dedicación aquella parcela política que se le confíe. En las manos de esas personas estará la posibilidad real de cambiar las cosas; pero, como sabemos, no todos los designados son aptos para asumir el reto de gobernar el país.
Otro elemento que me hace dudar de un cambio radical es la población nuestra, que poco se interesa por hacer la diferencia en la vida nacional, porque no se convence que el punto de partida es la propia persona y su entorno cercano. Nos hemos dejado vencer por la mentalidad dependiente, que nos impulsa a esperar el cambio desde afuera de nuestro entorno, o de la mano de la autoridad. Ninguna propuesta al respecto he visto en el discurso de los nuevos gobernantes, y así no vamos a ningún sitio, lo que augura que nos quedaremos como estamos.
Hace poco me preguntaban unos colegas sobre mi expectativa en la gestión del nuevo gobierno. Les respondí que no veía cambio inminente, porque los elegidos poco o nada de diferente demuestran hasta ahora con respecto a los que se van.
¿Quiere usted saber como será la gestión de los nuevos funcionarios? Visite sus casas y sus negocios. Así como hacen con su hogar y sus empresas, también harán con el cargo que se les confíe. Si la casa está descuidada y es un desorden, la institución que tenga a su cargo correrá la misma suerte. Y si sus negocios andan manga por hombro, el personal infeliz por el trato que recibe, y la atención al público es pobre y de mala gana, igual sucederá con la parte del gobierno que le toca controlar.
Da pena decirlo, pero eso es lo que veo en el horizonte. La esperanza de cambio está en nosotros, como personas y como sociedad, y no esperemos que un político haga se cambio por nosotros. Todos a una, si lo queremos lograr, desde la posición que tenemos, porque: los gobiernos pasan, y los pueblos quedan.
En los años de lucha contra la dictadura, una cosa estuvo clara en cuanto al cambio: recobrar la democracia. Después de la invasión, salvo el compromiso plasmado en la Agenda de Reconstrucción Civilista, el concepto de cambio da tumbos aquí, allá y acullá. Cada candidato tiene su propia concepción del cambio que debe producirse en el país. No hay unidad de criterio en este tema. Pareciera que estamos ante la encrucijada del cambio que quiere el partido que gana, y el cambio que anhela el pueblo.
Tanto en la década pasada como en la que transcurre, los esfuerzos por lograr el consenso por el cambio se han malogrado. Los encuentros de Bambito, Coronado, y la reciente Concertación Nacional, se han disipado como el humo. Del fuego que encendió el entusiasmo por darnos un plan de desarrollo nacional, sólo queda la añoranza.
Si algún cambio se produce dependerá, mas bien, de la iniciativa de algún funcionario o funcionaria, que maneje con seriedad y dedicación aquella parcela política que se le confíe. En las manos de esas personas estará la posibilidad real de cambiar las cosas; pero, como sabemos, no todos los designados son aptos para asumir el reto de gobernar el país.
Otro elemento que me hace dudar de un cambio radical es la población nuestra, que poco se interesa por hacer la diferencia en la vida nacional, porque no se convence que el punto de partida es la propia persona y su entorno cercano. Nos hemos dejado vencer por la mentalidad dependiente, que nos impulsa a esperar el cambio desde afuera de nuestro entorno, o de la mano de la autoridad. Ninguna propuesta al respecto he visto en el discurso de los nuevos gobernantes, y así no vamos a ningún sitio, lo que augura que nos quedaremos como estamos.
Hace poco me preguntaban unos colegas sobre mi expectativa en la gestión del nuevo gobierno. Les respondí que no veía cambio inminente, porque los elegidos poco o nada de diferente demuestran hasta ahora con respecto a los que se van.
¿Quiere usted saber como será la gestión de los nuevos funcionarios? Visite sus casas y sus negocios. Así como hacen con su hogar y sus empresas, también harán con el cargo que se les confíe. Si la casa está descuidada y es un desorden, la institución que tenga a su cargo correrá la misma suerte. Y si sus negocios andan manga por hombro, el personal infeliz por el trato que recibe, y la atención al público es pobre y de mala gana, igual sucederá con la parte del gobierno que le toca controlar.
Da pena decirlo, pero eso es lo que veo en el horizonte. La esperanza de cambio está en nosotros, como personas y como sociedad, y no esperemos que un político haga se cambio por nosotros. Todos a una, si lo queremos lograr, desde la posición que tenemos, porque: los gobiernos pasan, y los pueblos quedan.
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