La tozudez gubernamental de erigir una torre de vidrio, a costa de la destrucción del edificio que albergó la embajada estadounidense en la Avenida Balboa, es un acto irracional, alimentado por el capricho y el ejercicio autoritario del poder.
El cúmulo de excusas para tan insensato plan, son insuficientes para convencernos. Que se necesita lugar para albergar las dependencias gubernamentales dispersas, no se discute. La pregunta es: ¿Acaso no hay otro sitio para construir el rascacielos que pretenden? Allí tienen el terreno de la Dirección Metropolitana de Aseo (Dimaud), en Carrasquilla, y los lotes adyacentes que ocupan unas instalaciones del Ministerio de Obras Públicas y del Idaan. Es un espacio más grande y céntrico, que le daría mayor valor al área y podría crear un espacio abierto alrededor de la edificación. ¿Qué quieren vista al mar y estar cerca de la Avenida Balboa? Pues, aquí está el capricho.
Si insisten en su necedad, al menos integren el edificio de la antigua embajada a la nueva construcción. Podría servir de fachada principal para la nueva construcción y de albergue, en la planta baja y el mezzanine, para un museo o centro cultural, que le hable al mundo de las relaciones de Panamá con los Estados Unidos, durante el siglo y medio que influyeron gravemente sobre nuestra vida nacional. Desde el ferrocarril transístmico hasta el Canal de Panamá, podríamos exhibir documentos, piezas y otros objetos históricos sobre el tema; eso sin contar con aquellos asuntos políticos que incidieron en la región, y que probablemente se fraguaron desde la Embajada de los Estados Unidos en Panamá.
Para mí, a no ser el capricho, no existe razón valedera para demoler el edificio en cuestión. Si se reemplaza por la obra proyectada, la torre de cristal, hierro y concreto que se planea, se constituirá en un obelisco a la ignominia, y la historia se lo recordará eternamente a sus gestores y sus descendientes.
Ignoro si hay una cabeza sensata entre los que promueven la construcción del ignominioso obelisco, pero, si la hubiera, ojalá insistiera en consensuar la posición de los conservacionistas y los destruccionistas. Si algo ha demostrado el actual gobierno, es que sus obras caprichosas las impone pese a la oposición de la comunidad. Como lo más probable es que construyan el obelisco a la ignominia, al menos que la cabeza sensata, si existe entre ellos, convenza a los necios de integrar la nueva obra al edificio ya existente, y que muchos clamamos por que no sea destruido.
Un obelisco a la ignominia, como el que se pretende, difícilmente sobrevivirá el tiempo. Como nació de la ambición financiera y del capricho político el poder, otro, algún día, lo echará a tierra por las mismas razones. Quizá hasta mude las dependencias oficiales que hoy sirven como excusa para levantarlo. Pero, si se le quiere dar más valor y darle carácter para el tiempo y la historia, entonces, conviene integrarlo al monumento arquitectónico que representa la edificación que ahora está en pie en ese lugar. La pregunta que queda es: ¿Tendrán la astucia y la inteligencia para comprender que incorporándolo al obelisco de la ignominia, preservarán parte de nuestra historia y se saldrán, al fin y al cabo, con la suya?
Blog dedicado a comentar y analizar temas de actualidad social, espiritualidad y humanidad.
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viernes, 27 de agosto de 2010
martes, 27 de abril de 2010
Millones que vienen y van
Las informaciones gubernamentales de las últimas semanas dan cuenta de planes millonarios para la realización de proyectos y obras en los años próximos. La pregunta que me hago es: ¿Tendremos tanto dinero?
Aeropuertos, barrios renovados, carreteras, puentes sobre el Canal, metro, autobuses, ciudad gubernamental, torres de hasta 70 pisos para oficinas estatales, se cuentan entre lo anunciado. Todas, de realizarse, serían de beneficio para el país, por lo que mi aprehensión no está en su utilidad o falta de necesidad, sino en lo costosas que resultan para realizarse durante los 4 años que le quedan al actual gobierno.
El presupuesto de inversión del estado ronda los dos mil millones, en los últimos años. De mantenerse esa cifra, estaríamos hablando de unos ocho mil millones en los 4 años venideros. Si sólo se realizaran las espectaculares obras anunciadas, quizá alcanzaría la plata; pero si ese cálculo presupuestario se comparte con otras obligaciones que tiene el estado en salud, educación, obras públicas, y otros, probablemente nos lleve a un endeudamiento mayor, o al aumento de la carga tributaria.
Panamá es un país con gran cantidad de recursos, entre ellos el dinero, que lo coloca como uno de los más ricos de la región centroamericana. Probablemente, es también el que tiene el mayor presupuesto gubernamental del área. Si sabemos manejar racionalmente nuestros recursos, podríamos revertir, en corto plazo, los índices de pobreza que mostramos. Fijar prioridades en cuanto a las inversiones; programar obras consensuadas con los diferentes sectores, para que sean realizadas más allá de un periodo presidencial; y acordar con la sociedad política y la sociedad civil un plan de desarrollo nacional que sea respetado por las distintas administraciones gubernamentales, sería de gran provecho para la nación.
Oír de tantos millones que vienen y van atemoriza, porque no sabemos, a ciencia cierta, cuánta plata hay en las arcas nacionales, o si nuestra deuda aumentará tanto que sobrevendrán años de austeridad y crisis económica, provocadas por la danza incontrolada de millones que se gastarían en obras y proyectos portentosos.
Quienes crecimos bajo la dictadura militar recordamos, muy bien, los constantes anuncios de millonarios proyectos: unos realizados, otros no. Sabemos lo que nos costo en endeudamiento. Ya no existe dictadura, pero vuelve el anuncio de la gastadera de millones y millones. ¿Cuál es el mensaje real que quieren darnos? Estemos alerta, porque hablar de tantos millones nos mareará, y mareados estaremos indefensos.
Aeropuertos, barrios renovados, carreteras, puentes sobre el Canal, metro, autobuses, ciudad gubernamental, torres de hasta 70 pisos para oficinas estatales, se cuentan entre lo anunciado. Todas, de realizarse, serían de beneficio para el país, por lo que mi aprehensión no está en su utilidad o falta de necesidad, sino en lo costosas que resultan para realizarse durante los 4 años que le quedan al actual gobierno.
El presupuesto de inversión del estado ronda los dos mil millones, en los últimos años. De mantenerse esa cifra, estaríamos hablando de unos ocho mil millones en los 4 años venideros. Si sólo se realizaran las espectaculares obras anunciadas, quizá alcanzaría la plata; pero si ese cálculo presupuestario se comparte con otras obligaciones que tiene el estado en salud, educación, obras públicas, y otros, probablemente nos lleve a un endeudamiento mayor, o al aumento de la carga tributaria.
Panamá es un país con gran cantidad de recursos, entre ellos el dinero, que lo coloca como uno de los más ricos de la región centroamericana. Probablemente, es también el que tiene el mayor presupuesto gubernamental del área. Si sabemos manejar racionalmente nuestros recursos, podríamos revertir, en corto plazo, los índices de pobreza que mostramos. Fijar prioridades en cuanto a las inversiones; programar obras consensuadas con los diferentes sectores, para que sean realizadas más allá de un periodo presidencial; y acordar con la sociedad política y la sociedad civil un plan de desarrollo nacional que sea respetado por las distintas administraciones gubernamentales, sería de gran provecho para la nación.
Oír de tantos millones que vienen y van atemoriza, porque no sabemos, a ciencia cierta, cuánta plata hay en las arcas nacionales, o si nuestra deuda aumentará tanto que sobrevendrán años de austeridad y crisis económica, provocadas por la danza incontrolada de millones que se gastarían en obras y proyectos portentosos.
Quienes crecimos bajo la dictadura militar recordamos, muy bien, los constantes anuncios de millonarios proyectos: unos realizados, otros no. Sabemos lo que nos costo en endeudamiento. Ya no existe dictadura, pero vuelve el anuncio de la gastadera de millones y millones. ¿Cuál es el mensaje real que quieren darnos? Estemos alerta, porque hablar de tantos millones nos mareará, y mareados estaremos indefensos.
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